domingo, 3 de junio de 2018
CAPITULO 98
Una de las noches en las que Nicolas se quedaba a dormir en casa de su padre, cogió una carta bastante antigua que encontró escondida en uno de sus libros. Pensó en deshacerse de ella por si era de otra mujer, pero tras mirar la foto que había junto a ésta no tuvo dudas que era de su mamá. Vaciló un instante sobre si debía leer o no la carta, ya que sabía que mirar la correspondencia ajena estaba mal, pero luego pensó que en ella tal vez podría haber algo que pudiera ayudarlo a unir nuevamente a sus papás y hacer que volvieran a enamorarse.
Cuando terminó de leer la fantasiosa carta, la miró con disgusto. ¡Así no había manera!
¡Aquello no había por dónde cogerlo! ¿Y se suponía que tenía que representar esa carta para hacer que su madre volviera a enamorarse de su padre y que su padre se fijara nuevamente en ella? ¡Pero, vamos a ver, ¿por qué las mujeres eran tan complicadas?! ¿De dónde narices iba a sacar Nicolas una torre, un caballero y unos ogros…? «Espera, espera…, los ogros ya los tengo», pensó maliciosamente y, sin esperar un instante más, le pidió prestado el móvil a su padre.
Luego, tras anunciar que iba a llamar a su madre, se encerró en su cuarto para pedir la ayuda de todos esos ogros que en algún momento habían formado parte de la historia de amor de su madre.
—¿Sí, dígame? —contestó uno de sus tíos.
—¡Tío Alan, soy yo: Nicolas!
—¿Qué te ocurre? ¿Estás bien, pequeño? —preguntó Alan, preocupado por la hora de su llamada.
—¿Y cómo está tu madre? —intervino Julio, quien le había arrebatado el teléfono a su hermano mayor.
—¿Qué os ha pasado? —interrogó impacientemente Julian después de que su gemelo hubo conectado el manos libres.
—Vale, ¿qué pasa, Nicolas? —contestó mucho más calmado Jeremias, a la espera de la respuesta de su adorado sobrino.
—Os necesito… —murmuró el crío, pidiendo la ayuda de esos entrometidos personajes que seguramente en esos instantes se encontraban apiñados junto al teléfono a la espera de su historia.
A continuación les relató algunos de los descabellados pasos de su plan, un plan que no saldría bien si ellos no participaban.
—Ja, ja, ja… ¿Realmente crees que eso funcionará? —se rio Jeremias ante las locuras de su sobrino.
—No lo sé, ¡pero hay que intentarlo!
—Entonces no te preocupes, ¡vamos para allá!
CAPITULO 97
Nicolas estaba harto de que su papá ignorara a su madre una y otra vez.
Hacía un mes que su madre había llegado a casa de los Alfonso y les había contado que Pedro por fin sabía que él era su hijo y que, por supuesto, deseaba pasar tiempo juntos y conocerlo bien. Sus abuelos lo abrazaron, muy felices al recibir tan grata noticia, y se sintieron orgullosos de poder decir a todos que él era su nieto.
Nicolas creía que todo estaba solucionado definitivamente, pero había sido un craso error.
Desde ese día, Nicolas había pasado muy buenos momentos con su padre: Pedro lo había llevado a ver partidos de béisbol, a innumerables parques, a ferias repletas de libros, que tanto adoraba, al cine para ver esas películas de miedo con las que ambos disfrutaban, e incluso alguna que otra noche se había quedado a dormir en casa de su papá. Pero siempre que intentaba meter a su madre en la conversación pasaba lo mismo.
—A mamá le encantaría comer en este lugar, tal vez podríamos invitarla algún día, ¿no? —dijo Nicolas mientras daba un gran mordisco a la sabrosa hamburguesa que degustaba en el bar de Zoe, un alegre establecimiento donde los vecinos del pueblo se reunían para pasar divertidos momentos de descanso, ya fuera a solas o con sus familias.
—Sí, algún día —esquivó Pedro la pregunta mientras seguía disfrutando de la compañía de su hijo—. Y, dime, Nicolas, ¿a qué deporte has decidido apuntarte como actividad extraescolar?
—Ajedrez.
—¡Eso no es un deporte! —replicó él, alzando interrogativamente una de sus cejas.
—¡Claro que sí, papá! El ajedrez es considerado un deporte científico porque, además de requerir destreza mental, hay que planificar una estrategia y una táctica al igual que en otros deportes como el béisbol, el fútbol o el baloncesto —informó el chico, colocándose impertinentemente las gafas en su lugar.
—¡Ajá! ¿Y la verdadera razón de tu elección es…? —preguntó Pedro, conociendo ya a su hijo y cómo ocultaba sus inseguridades detrás de su intelecto.
—Que, al igual que mi madre, soy un negado para los deportes físicos…
—No puede ser para tanto, chaval —dijo Pedro, intentando quitarle importancia al asunto.
—En baloncesto, boté el balón sobre la espalda de uno de mis compañeros en vez de sobre la cancha.
—Bueno, eso le puede pasar a cualquiera…
—Sí, claro —comentó escépticamente Nicolas mientras era él quien alzaba con gesto irónico una de sus cejas en esta ocasión—. En fútbol, le pegué al portero con el balón en la entrepierna.
—¡Uy! —exclamó Pedro, sin poder evitar imaginarse la dolorosa escena.
—Y, en béisbol, se me escapó el bate de entre las manos y golpeé al entrenador.
—No debes desanimarte, Nicolas. Si te gusta alguno de esos deportes, yo te ayudaré a entrenar. Además, seguro que nadie se fijó en ti mientras hacías esas pruebas. Y si lo hicieron, pronto se olvidarán…
El elaborado discurso que Pedro daba a su hijo tal vez habría funcionado si no hubiera sido porque el bocazas de su hermano entró en ese momento en el local.
—¡Enhorabuena, chaval! ¡Me han dicho que has dejado K.O. al entrenador de béisbol, con la manía que le tenía yo a ese tío de pequeño! —exclamó Daniel, sentándose al lado de su sobrino mientras le robaba una patata frita del plato—. Y, dime una cosa, ¿tienes en mente cuál es el próximo club de deportes al que quieres presentarte, Nicolas? —preguntó con un interés demasiado evidente.
—¡Ni se te ocurra, Daniel! ¡No pienso dejar que hagas apuestas sobre Nicolas! —negó Pedro molesto mientras le impedía robar un nuevo bocado del plato de su hijo.
—¡Venga ya! Sabes la falta que me hace ese dinero para devolvérselo todo a la tía de Victoria en el plazo que me he impuesto. ¡No me vendría mal una ayudita! Además, no sé por qué te molestas tanto, si tu vida privada ya está en esa pizarra.
—¡No me jodas! —exclamó Pedro, levantándose violentamente de la mesa para dirigirse con decisión hacia la barra tras la que se encontraba Zoe.
—¿De qué te extrañas? Ya te lo comenté hace unos días cuando me llamaste, «terriblemente preocupado» por mí —dijo Daniel, poniendo especial énfasis y sarcasmo en sus últimas palabras.
—Lo había olvidado por otras preocupaciones que tengo en estos momentos. Y sólo te llamé porque me obligó mamá, que estaba inquieta por ti y por tu ansia de consumirte mediante un exceso de trabajo para conseguir ese dinero. Para tranquilizarla, le di mi diagnóstico: sin duda alguna, padeces de locura transitoria.
—No, mi enfermedad es solamente que estoy enamorado.
—¿Acaso no es lo mismo? —declaró burlonamente Pedro poco antes de enfrentarse a la dueña del establecimiento—. En serio, Zoe, no creí que tuvieras el valor de ponerme en esa pizarra, ¿se puede saber qué narices has escrito en ella?
—¡Mierda! ¿Es que ya no se puede tener una apuesta secreta en este bar? ¡Echo de menos la época en la que casi nadie sabía de la existencia de mi pizarra! —suspiró Zoe, una rolliza y pelirroja mujer por la que apenas había pasado el tiempo.
A continuación sacó de su cocina la enorme pizarra de apuestas, en la que siempre anotaba las locuras de los Alfonso.
—Vale, aquí está —repuso mostrando ante todos las apuestas escritas—. ¡Te dije que no se lo contaras! —reprendió a Daniel, señalándolo con un dedo acusador.
—¡Y no se lo conté! Bueno, no le revelé la apuesta que habías hecho, Zoe, a pesar de lo mucho que me insistió cuando me llamó hace un par de días. Tan sólo que él aparecía en tu pizarra.
—¿Acaso no es lo mismo? —declaró ella, golpeando su frente ante lo idiota que podía ser algunas veces el bocazas de Daniel Alfonso.
—¡Dejaos de estupideces, quiero saber lo que pone en esa pizarra! —exigió Pedro, apartando a todos los que se interponían en su camino hasta poder leer lo que habían escrito—. «¿Cuándo perdonará Pedro a Paula?» —leyó entonces en voz alta.
La gran cantidad de días que había tachados en ella le demostraba el prolongado tiempo que llevaba en pie la apuesta.
—Bueno, y ahora que al fin lo has visto, ¿podrías ayudar a tu hermano y revelarle cuándo dejarás de estar estreñido emocionalmente y te decidirás a perdonar a esa mujer? —lo increpó Daniel a la espera de una respuesta.
—Realmente no lo sé —declaró Pedro apenado mientras comenzaba a alejarse de ese lugar que le recordaba que entre Paula y él todavía había una larga historia que no había terminado.
—¿Qué es eso, tío Daniel? —preguntó Nicolas mientras se asomaba para observar el curioso objeto que tanto había molestado a su padre.
—Verás, Nicolas, eso es una pizarra donde los vecinos apuestan el dinero que quieren a un día concreto en el que creen que se cumplirá lo que dice en ella. Si aciertan, duplican su inversión. Si fallan, lo pierden y se acumula un bote que se llevará quien acierte.
—Las apuestas son una idiotez en la que nunca debes participar… —intentó advertirle Pedro a su hijo.
—A no ser que estés totalmente seguro de que puedes llegar a ganar —interrumpió irresponsablemente Daniel, ganándose un capón de su hermano.
—Vámonos, Nicolas, ya es hora de llevarte con tu madre —anunció Pedro, alejando a su hijo de ese inapropiado lugar y de su todavía más inapropiado hermano.
—¿Esta vez hablarás con mamá? —preguntó el chico esperanzado.
Aunque recibió la misma respuesta que su padre siempre le daba.
—Tal vez…
CAPITULO 96
Cuando me levanté desnuda y sola tras una noche en la que Pedro había dejado grabado en mi cuerpo cuánto me amaba, intenté ignorar las últimas palabras que me había dicho antes de separarse de mi lado.
Pero no podía. Él todavía no estaba dispuesto a perdonarme, y yo no sabía cuánto tiempo más podría aguantar suplicando su perdón. Me sentí feliz al saber que, al menos, Nicolas al fin tendría ese padre que tanto había deseado.
Pero no podría volver a mentirle diciéndole que desde este momento seríamos esa familia feliz con la que él siempre había soñado.
En el instante en el que llegué a casa de los Alfonso para recoger a mi hijo, me asaltó la aprensión por tener que enfrentarme a unas personas a las que también había robado tan buenos momentos por mi egoísmo. ¿Cómo podría decirles a Juan y a Sara que Nicolas era su nieto?
¿Cómo podría mirarlos a los ojos después de confesarles la verdad? ¿Me juzgarían? ¿Qué pensarían de mí? ¿Me gritarían? ¿Se enfurecerían conmigo? Esas cuestiones me causaban gran inquietud, pero debía afrontarlas y hacer lo correcto.
Pensé que el primero que tenía derecho a conocer tan importante noticia debería ser mi hijo, un hijo que había sido más listo que yo y que había reconocido a su padre a pesar de mi silencio. Un hijo que me había exigido que hablara con Pedro y que me había empujado a enfrentarme finalmente con su padre.
Hallé a Nicolas en la cocina, con la nariz hundida en uno de esos libros que tanto adoraba. Sara cocinaba algo y Juan lo acompañaba en su lectura señalándole alguna que otra curiosidad del libro.
Cuando alzó su alegre rostro, apenas me atreví a posponer más mi confesión.
—¿Has hablado ya con mi papá? —preguntó Nicolas con una sonrisa.
Incapaz de sostenerle la mirada, confesé ante todos:
—Sí, Pedro ya sabe que eres su hijo y quiere pasar mucho más tiempo a tu lado.
—¡Entonces al fin está todo solucionado! —exclamó Nicolas con entusiasmo mientras corría hacia el salón en busca de sus cosas.
Yo me quedé en silencio, observando cómo mi hijo se alejaba, sin saber qué decirle. Bajé la cabeza apenada y susurré la verdad de la situación mientras algunas lágrimas inundaban mi rostro:
—No, aún no.
Y, tras esas palabras, recibí un tierno abrazo de Juan y Sara, las personas que menos me esperaba. Tras eso, supe que ellos ya me habían perdonado. Ahora sólo faltaba que el hombre al que amaba se diera cuenta de lo arrepentida que estaba por no haber hecho las cosas de otra manera.
sábado, 2 de junio de 2018
CAPITULO 95
Paula sabía que no podía dejar las cosas de esa manera, que, con toda seguridad, cuando fuera a ver a Pedro éste se enfurecería y le recriminaría todo lo que le había ocultado a lo largo de los años. Pero no podía borrar de su mente la imagen de ese hombre tan querido destrozado por el dolor de sus mentiras. Debería haber tenido el valor de hablar con él hacía ya mucho tiempo y haberle confesado que tenían un hijo.
Pero el amor que sentía hacia el hombre que podía causarle tanto daño a su corazón, y el miedo de enfrentarlo, hacían que se comportase como una cobarde.
Paula dejó esa noche a Nicolas con Juan y Sara, intuyendo de alguna manera que ellos habían sospechado la verdad desde el principio cuando recibió alguna de sus comprensivas miradas. La pareja no le recriminó nada, ni una sola palabra de condena salió de sus labios. Sara simplemente la abrazó, dándole los ánimos que tanto necesitaba para infundirse valor e ir a hacer frente al hombre al que amaba y del cual tal vez nunca obtendría el perdón.
Paula no se molestó en llamar a la puerta del apartamento de Pedro, ya que éste no le abriría, así que simplemente utilizó la llave que le había dado la señora Alfonso y se adentró en el lugar.
La casa estaba impenetrablemente oscura.
Cuando encendió las luces, vio ante ella un pulcro pero frío apartamento. Un moderno sofá y una mesa de un fino cristal a su lado eran lo más destacable que se ofrecía a su vista, junto con un inmenso televisor de plasma. Un poco más alejado de ese frío y aséptico rincón, que carecía de adorno alguno que le concediera la calidez que un hogar necesitaba, reposaba una elaborada mesa de madera con un conjunto de sillas a juego talladas a mano. Sin duda, ese cálido detalle provendría de alguno de sus hermanos.
Paula buscó por todas las habitaciones, pero siempre que abría una de ellas hallaba lo mismo: un frío vacío, la ausencia tanto de personas como de cualquier recuerdo que le hiciera pensar que Pedro tenía una vida además de su trabajo. Firmemente decidida a descartar todas las habitaciones de ese apartamento antes de abandonar su propósito, Paula subió la escalera hacia el desván y encontró allí a Pedro.
Un Pedro al que muy pocos habían llegado a conocer.
Caído en el suelo junto a un descolgado saco de boxeo al que abrazaba, bebía despreocupadamente de una botella de tequila mientras en sus manos no dejaba de leer una y otra vez la carta que ella un día le había escrito y observaba una de las fotos de su adolescencia.
—¿Por qué no puedo romperla? —se reprendía una y otra vez con la carta intacta entre sus manos.
—¿Pedro? —preguntó Paula para llamar su atención mientras se acercaba a él lentamente y se sentaba a su lado.
—¿Cuándo empezaste a odiarme tanto? —preguntó Pedro, muy apenado, mientras observaba una vez más la única carta de amor que Paula había escrito en su vida.
—Cada vez que creía que jugabas conmigo te odiaba un poco más, Pedro, y finalmente, si no te conté lo de Nicolas desde el principio fue más por miedo que por odio.
— ¡Seis años, Paula! Te he esperado durante seis años…, y mientras lo hacía me he perdido seis años de la vida de mi hijo.
—Yo…
—¡No tienes excusa alguna, Paula! Si esa invitación para que volvieras a Whiterlande, a esa estúpida reunión de exalumnos, nunca hubiera llegado…, ¿habrías vuelto a este lugar en alguna ocasión? ¿Me habrías dicho que tenía un hijo?
Con el silencio de ella, Pedro recibió su respuesta.
—Así que tu plan era simplemente volver, destruirme y llevarte nuevamente a mi hijo sin que yo me enterara de mi paternidad.
—Nicolas nunca entró en esa descabellada locura que ideé. Yo jamás jugaría con él de esa manera. Simplemente se escondió en mi coche y me siguió hasta aquí.
—¡No obstante, has jugado con él al negarte a decirle quién era su padre y, de paso, también conmigo! ¡Estarás orgullosa de lo que has conseguido! ¿Estoy ya lo suficientemente destrozado para tu gusto o necesitas hundirme un poco más en la miseria? —preguntó Pedro con una mezcla de ironía y amargura mientras se levantaba del suelo y brindaba sarcásticamente en honor de Paula.
—Eso sólo fue al principio, Pedro… He intentado explicarte que desde que llegué todo ha cambiado, que había cosas que yo nunca supe y…
—¡Más bien di que había cosas que nunca te molestaste en escuchar! ¡Cada vez que discutíamos, huías y desaparecías de mi vista sin darme una oportunidad para explicarme! Esta vez soy yo el que no quiere escuchar tus explicaciones…
—¿Cómo crees que me sentí en cada una de las ocasiones que me alejé de ti, Pedro? ¡Tú nunca fuiste claro conmigo, y cada vez que nos veíamos parecía que sólo jugabas con mi corazón! —exclamó Paula mientras se levantaba del suelo para enfrentar la furiosa mirada de Pedro.
—¡Te dije que te quería! —gritó airadamente él, arrojando la botella a un lado.
—¡Y a la mañana siguiente me entero de que ibas a casarte! Cuando os vi a ti y a tu prometida en la cama del hospital, en una escena muy comprometida…
—¿Y por qué narices no te quedaste a ver el final? —preguntó Pedro furiosamente mientras la acorralaba contra la pared, poniendo un brazo a cada lado de ella para que no pudiera escapar de sus palabras.
—Sí, claro… Para que lo sepas, tres siempre me han parecido multitud —ironizó Paula mientras apartaba la mirada de la de ese hombre.
—Si tan sólo te hubieras quedado… —susurró Pedro a su oído, relatándole el resto de la historia que ella nunca llegó a conocer—, habrías visto cómo terminaba con mi compromiso con Bethany, ya que la mujer a la que amaba se había cruzado nuevamente en mi camino y yo no pensaba dejarla escapar otra vez. Pero ¿sabes una cosa? ¡Ella se marchó antes de que pudiera hacer nada para retenerla a mi lado! —confesó, dejando libre a Paula al retirar uno de los brazos que la acorralaban junto a la pared.
—¿Por qué nunca me dijiste nada cuando volvimos a encontrarnos y te comportaste conmigo como un canalla? —protestó ella entonces, negándose a alejarse del hombre al que amaba.
—Porque heriste mi orgullo, porque había perdido todo mi brillante futuro por tu amor y, aun así, no te quedaste a mi lado. Y después de buscarte con desesperación durante todo un año y no hallarte, descubrí que, mientras que yo no podía dejar de pensar en ti, tú querías olvidarme. Me comporté como un canalla contigo para grabar mi nombre en tu cuerpo y que nunca pudieras olvidarme, pero a la mañana siguiente tampoco te quedaste a mi lado el tiempo suficiente como para escuchar todo lo que tenía que decirte. Simplemente, volviste a desaparecer… —Tras una pausa, Pedro continuó mientras se alejaba de Paula—: Ahora ya no me importa. Si quieres alejarte de mi lado, vete, porque ya no tengo nada más que decirte. ¡Pero, eso sí, por nada del mundo permitiré que te lleves a mi hijo! Quiero recuperar con él todos los momentos que he perdido y crear muchos nuevos para llenar ese vacío de seis años.
—Esta vez no pienso marcharme, Pedro —afirmó decididamente Paula, mirándolo con determinación.
—Eso habrá que verlo: huir de mí siempre se te ha dado muy bien —declaró él mientras intentaba alejarse de ella.
Pero Paula lo retuvo sujetándolo por el brazo.
—No voy a parar de cruzarme en tu camino hasta que me perdones…
—Eso no sucederá… —anunció él con decisión.
—Te quiero, Pedro… —confesó ella, dispuesta a todo con tal de que no se alejara de su lado.
—Pues con un amor como ése, definitivamente prefiero que me odies… —se burló Pedro irónicamente, tratando de deshacerse de las manos que lo retenían.
—¡Yo sé que tú aún me amas! —manifestó Paula, abrazándose a él con desesperación y besando con ternura los labios del hombre al que intentaba recuperar.
—Paula, no estoy de humor para jugar contigo. Hoy no me portaría bien y tan sólo sería un auténtico canalla —dijo Pedro, apartándola de él lo suficiente como para que se enfrentara a su fría mirada.
—Ésa es una parte de ti a la que ya estoy acostumbrada —señaló ella, volviendo a atraerlo hacia sus brazos y sellando sus protestas con un nuevo beso al que esta vez él no tardó en responder.
Pedro se dejó llevar por la pasión, la ira, el deseo, el enfado y el dolor… Se dejó envolver por cada uno de sus confusos sentimientos y contestó a los dulces besos de Paula con una brusquedad arrolladora que ella no rechazó. Se adentró en su boca, reclamando su sabor, y mordió sus labios como castigo por haberlo tentado. Empujó a Paula hacia la pared más cercana y la acorraló entre la prisión de sus brazos mientras su boca seguía un tentador camino, descendiendo por su cuello hacia el resto de su cuerpo.
Cuando ella intentó acariciarlo, Pedro apartó sus manos y, cogiéndolas con una de las suyas, las alzó por encima de la cabeza de Paula, negándose a caer en una más de sus mentiras.
Ella lo miró, dolida por su rechazo, y él le indico con la mirada que ya le había advertido con sus palabras de cómo sería esa noche.
Los besos de Pedro continuaron descendiendo por su cuerpo sin piedad alguna. La blusa de Paula fue abierta con brusquedad por una de sus rudas manos, que simplemente dio un furioso tirón a la molesta prenda, haciendo que ésta se desprendiera de todos sus botones. El sujetador de encaje negro fue abierto más lentamente, con un solo y simple clic de su cierre delantero. Cuando los senos de Paula quedaron expuestos a la ávida mirada de Pedro, éste no tardó mucho en probarlos.
Su mano jugó con uno de los enhiestos pezones, pellizcándolo, acariciándolo y elevándolo hacia su boca, donde su pecaminosa lengua y sus dientes seguían con la tortura. Cuando Pedro abandonó el sensible seno de Paula, le dedicó al otro el mismo placer, y en el instante en que su cuerpo se estremecía, los soltó para soplar levemente su aliento sobre cada uno de ellos, haciendo que temblara llena de impaciencia.
La boca de él se hundió entre los suaves senos de Paula para no dejar de torturarlos, mientras su mano descendía por el cuerpo femenino dedicándole leves caricias a su sonrojada piel.
Ante el obstáculo de la ropa que le quedaba, Pedro le alzó la falda hasta la cintura, dejando expuesta su delicada ropa interior, tras lo que se dedicó a jugar con ella. Le brindó ligeras caricias por encima del tanga, en las que sus dedos apenas rozaban la parte más sensible de su feminidad. Y, guiándose por el sonido de los gemidos de Paula, la torturó tirando de su tanga para que solamente la prenda rozara su ardiente cuerpo, haciéndola delirar de placer, hasta que ella misma comenzó a mover las caderas en busca de esas caricias.
Pedro no cesó en su tortura: con un brusco tirón, se deshizo de la molesta prenda, rompiéndola, y no tardó en hacer gritar a Paula cuando hundió un dedo en su húmedo interior.
Mientras su mano marcaba el ritmo del placer, otro dedo rozaba su clítoris para hacerla enloquecer ante la promesa del éxtasis.
Embriagada, Paula quiso tocarlo nuevamente y unirlo a ella, demostrándole con sus caricias cuánto lo amaba. Trató de deshacerse de su agarre, pero él la castigó con su fría mirada.
Negándose a soltarla, Pedro tan sólo le abrió la camisa y se desabrochó los pantalones antes de enlazar una de las piernas de Paula en su cuerpo y adentrarse en ella de una ruda y fuerte embestida que la hizo gritar, tanto de placer como de dolor.
Pedro siguió inundando su cuerpo con su erguido miembro, negándose a mirarla a los ojos, intentando buscar su propio placer e ignorar el de ella. Con cada acometida, el corazón de Paula se entristecía un poco más, y cuando su rostro comenzó a mostrar el dolor que sentía por esa violenta unión sin sentimientos, los ojos de Pedro al fin la miraron, su mano soltó su agarre y llevó las manos de ella hacia su corazón, que no dejaba de latir acelerado mostrando cada uno de los sentimientos que Pedro se negaba a exteriorizar.
Luego, las manos de él acogieron su cuerpo haciendo que Paula enredara las piernas alrededor de su cintura, y mientras Pedro marcaba un ritmo más lento y seductor, sus besos limpiaron las lágrimas que nunca podría soportar ver en el rostro de aquella mujer.
Paula volvió a excitarse rápidamente ante el placer de cada una de sus caricias, y siguió el ritmo de sus embestidas con el movimiento de sus caderas. Muy pronto, los dos se encontraron cerca del éxtasis, y cuando Pedro aumentó el ritmo de sus embates, ambos llegaron juntos a la cúspide del placer gritando cada uno de ellos el nombre del otro. Tras esa muestra de desbordante pasión, Paula se resistió a dejarlo marchar, y agarrando a Pedro más fuertemente junto a su cuerpo, lo miró, decidida a pasar toda la noche con él demostrándole cuánto lo amaba.
—Esta vez no voy a dejarte —le susurró al oído.
Pedro simplemente negó con la cabeza y, resignado a que no lo dejara marchar, la llevó a su cama para intentar demostrarle con su cuerpo cuánto la había querido una vez.
De nada sirvió que ambos se aferraran a una única noche, ya que a la mañana siguiente todo siguió igual. Y, antes de que Pedro se alejara hacia su trabajo dejando a una desnuda y medio adormilada mujer en su cama, declaró en su oído:
—Aún no puedo perdonarte…
Suscribirse a:
Entradas (Atom)