viernes, 25 de mayo de 2018

CAPITULO 69




Cuando al fin recuperé mis cosas y Eliana me dejó a solas en los vestuarios para concederme algo de intimidad, también volvió a mí el sentido común que había perdido mientras estaba con Pedro en las duchas. ¿Cómo demonios había podido pedirle que me hiciera el amor en un lugar así? Mi cuerpo aún temblaba por el recuerdo de sus caricias, de sus besos, de las maliciosas palabras que susurraba a mi oído haciéndome creer especial… Eso sí, cuando nos encontramos totalmente desnudos dentro del estrecho espacio de la ducha, cumplí con otro de los propósitos de mi carta: sin duda alguna llamé su atención como ninguna otra mujer había hecho y, por un tiempo, sólo tuvo ojos para mí. ¡Qué pena que esos instantes ya hubiesen terminado y lo nuestro sólo quedara en unos pocos momentos de locura! O, al menos, eso era lo que pensaba mientras me vestía, hasta que salí de los vestuarios y al avanzar por los solitarios pasillos del instituto vi que me estaba aguardando el hombre con el que menos ganas tenía de encontrarme en esos momentos.


—Tenemos que hablar —dijo Pedro agarrándome del brazo cuando intentaba pasar junto a él.


—Creí haber dejado claro que lo nuestro no volvería a ocurrir —respondí mirándolo con decisión.


—Cariño, lo que has dejado bien claro en esa ducha es que no debes casarte con tu prometido, y que entre tú y yo aún hay muchas cosas sin resolver.


—Ya no soy tan idiota como antes —repuse, decidida a no caer una vez más en sus mentiras.


—Ni yo tan bueno —replicó él con una pícara sonrisa, negándose a dejarme marchar.


—Tú nunca has sido bueno, Pedro.


—Ni tú idiota, Paula. Pero, al parecer, cuando coincidimos no podemos evitar comportarnos neciamente. Así que, para variar, en vez de huir de mí, ¿por qué no te quedas a hablar conmigo? Tal vez los dos juntos encontremos una solución a la cuestión de por qué ninguno de los dos puede olvidar al otro.


—¡No te rías de mí, Pedro! ¡Tú nunca has pensado en mí más allá de los breves instantes que hemos compartido a lo largo de nuestra vida! —clamé furiosamente mientras me soltaba de su agarre, dispuesta a no caer en la bella trampa de sus palabras.



—¿Que no he pensado en ti? —se quejó Pedro, mesándose los cabellos con nerviosismo—. ¡Te he esperado en este pueblo durante seis años! ¡Seis años anhelando una respuesta tuya, que nunca llegaba!


—¿Y cómo se supone que iba yo a saber que tú estabas aquí esperándome? ¡No soy adivina! —repliqué más confundida que enfadada ante su afirmación. Entonces, él me miró desconcertado y vi cómo, por unos segundos, fruncía el ceño reflexionando sobre algo. 



Luego, simplemente me gritó:
—¡Mierda de pelirrojos! ¡Hazme un favor, Paula: la próxima vez que debas recibir un mensaje importante, no dejes tu teléfono cerca de tus hermanos, o tal vez éste nunca llegue a ti!


—¿Se supone que tengo que creer que dejaste un mensaje en mi teléfono y que mis hermanos lo borraron? ¡Ésa es una mentira muy conveniente que no pienso creer! — contesté, negando rotundamente la posibilidad de que mis hermanos fueran capaces de tal cosa.


—Cree lo que quieras, pero en estos instantes ten presente sólo esto: yo también deseo olvidarme de ti y, mientras no lo consiga, no permitiré que te alejes de mi lado —manifestó Pedro con furia.


Acto seguido, tras darme un brusco y apasionado beso con el que no podría desterrarlo de mi mente, se marchó muy enfadado mientras maldecía por el camino a cada uno de mis hermanos, lo que me llevó a preguntarme cómo era posible que Pedro conociera los nombres de todos ellos si únicamente había coincidido con Jeremias en el instituto. ¿Y si, por una vez, no me había mentido al revelarme que había estado esperándome durante todos esos años?


CAPITULO 68




Todavía no me podía creer que hubiera conseguido volver a tener a Paula entre mis brazos, que la pasión entre nuestros cuerpos hubiera estallado y que, esta vez, hubiera sido ella quien hubiese sucumbido al deseo que siempre nos embargaba cuando volvíamos a encontrarnos.


Me molestó profundamente que me dijera que volvía a Whiterlande dispuesta a olvidarme, aunque, visto de otro modo, eso significaba que mi nombre aún seguía presente en su mente desde aquella última noche que pasamos juntos.


Sonreí satisfecho, a sabiendas de que nunca permitiría que su deseo de dejarme de lado se cumpliera y que, en esta ocasión, haría todo lo posible por retenerla, ya que ella al fin había venido a mí. Que tuviera un hijo impertinente, un supuesto prometido o un tiempo muy limitado hasta su partida eran únicamente pequeñas trabas que se interponían en mi camino, pero de las que me iría deshaciendo poco a poco, porque esta vez pensaba atarla a mí para siempre, para que nunca más pudiera dejarme atrás.


Aunque todavía no sabía cómo lo haría, estaba impaciente por conquistarla de nuevo y demostrarle que nuestra historia era algo que nunca podría borrarse de nuestras mentes, ni de la mía ni de la suya, por mucho que en alguna ocasión ambos lo intentáramos.


Cuando llegué a las taquillas donde Mabel estaba tratando de esconder precipitadamente las cosas de Paula, ésta se apoyó con un aire disimulado sobre una de ellas mientras intentaba atraer mi atención con sus palabras insinuantes, algo que tal vez habría funcionado si yo no hubiera estado loco por una pelirroja a la que nunca podría quitarme de la cabeza.


—Hola, Pedro, veo que te has duchado —saludó Mabel, apoyando una mano en mi húmeda camisa.


—Sí —respondí mostrando una amplia sonrisa producto del recuerdo de todo lo ocurrido mientras me duchaba.


—¿Acaso has venido a buscarme para pedirme salir nuevamente? —preguntó pretenciosamente la hermosa rubia, dándose demasiada importancia cuando en mi vida ella tan sólo había sido un error.


—No, la verdad es que vengo a recuperar las cosas de Paula. Y, de paso, a advertirte que no vuelvas a intentar una más de esas jugarretas o lo lamentarás — repliqué amenazadoramente mientras la acorralaba contra las taquillas, golpeando con uno de mis puños la que se encontraba más cerca de ella.


—Yo… no sé de lo que me hablas, Pedro… —trató de excusarse Mabel, hasta que en mitad de su discurso la aparté de las taquillas y, sin más, la abrí, dejando a la vista la ropa de Paula sin importarme mucho sus absurdas explicaciones.
—¡Vaya! En verdad no sé por qué están ahí las cosas de Paula…, yo sólo intentaba ayudarla y…


—Mabel, eres pésima mintiendo. Y yo estoy demasiado cansado para fingir que creo tus mentiras, así que haznos un favor a ambos y desaparece de mi vista —le dije con enojo mientras cargaba las pertenencias de mi pequeña pequitas en uno de mis hombros y le daba la espalda a aquella insufrible mujer.


Pedro, has cambiado, y todo se debe a esa mujer, ¿se puede saber qué tiene Paula de especial? —preguntó Mabel con impertinencia, tratando de hacerse la importante.


—En serio, no sé por qué todas hacéis la misma fastidiosa pregunta —contesté deteniendo mis pasos, que ya se alejaban de ella—. ¿Que qué tiene de especial? Pues que es Paula, simplemente. Y en cuanto a eso de que he cambiado…, no puedes estar más equivocada, Mabel: yo siempre he sido así, sólo que hasta ahora la única persona que me conocía en realidad era ella. Sin embargo, he decidido que ya no me importa mostrarme ante todos como el canalla que soy realmente si con ello consigo obtener al fin mi premio, que no es otro que mi querida Paula.


Tras esas palabras, me alejé de aquella molesta mujer y me pregunté si finalmente se rendiría en su estúpido acoso y se daría cuenta de que, por muy guapa que fuera o por muchas cualidades que tuviera, sería inútil desplegarlas ante un hombre enamorado.


Pero para mi desgracia, conociendo a Mabel, tal vez eso sería únicamente el principio de su asedio para intentar conseguirme.



CAPITULO 67




—¡No me gustas! —declaró abiertamente Helena, una hermosa niña de cinco años, de negros y rizados cabellos y bonitos ojos azules, al impertinente niño que unos minutos antes había acosado a su padre a preguntas.


—¡Tú a mí tampoco! —replicó Nicolas, colocando altivamente sus gafas en su lugar.


—¿Por qué le hacías tantas preguntas a mi papá? —inquirió ella, enfadada con la atención que Alan le había dedicado a ese niño, cuando era su turno de acapararlo.


—Estoy buscando a mi padre —reveló Nicolas, enfrentándose a la irritante niña.


—¡Pues búscate otro: ése es el mío! —exclamó Helena muy dispuesta, cruzándose de brazos.


—No te preocupes: ya lo he descartado —informó Nicolas mientras apuntaba algo en su libreta y se marchaba decididamente hacia otro de los adultos que tenía anotados como posible candidato.


—¡Ése también es mío! —protestó Helena, señalando con un dedo a su tío Daniel.


—Pero no es tu padre —musitó Nicolas, algo confundido por el comportamiento de aquella niña.


—No, ¡pero es mi tío! ¡Y es mío!


—¡No puedes acaparar a todos los hombres! —dijo él, molesto con la cabezonería de la desagradable niña.


—¿Qué te apuestas? —preguntó la pequeña, declarándole la guerra a Nicolas mientras echaba su melena hacia un lado presumidamente y corría en busca de su tío para retener toda su atención.


De repente, Daniel se vio acorralado en su asiento por dos mocosos mientras intentaba prestar atención al espectáculo en el que las antiguas alumnas del instituto que fueron animadoras en su día trataban de rememorar sus actuaciones. Algo que no les quedó demasiado bien cuando la pequeña chica que siempre iba en la cúspide de la pirámide había cogido unos treinta kilos de más con el paso del tiempo.


—¿Se definiría como un hombre impertinente, bravucón o cargante? —preguntó Nicolas, colocándose a un lado del desprevenido sujeto de investigación.


—¡Tiooooo…, quiero un helado! —lloriqueó Helena, cogiendo a Daniel del brazo mientras señalaba el carrito que se hallaba en uno de los rincones del campo, hacia donde también dirigía su mirada la chica de la cúspide de la pirámide de animadoras.


—¿Es usted engañoso con las personas que lo rodean? - volvió a interrumpir Nicolas con su libreta, decidido a avanzar en su investigación.


—¡He-la-do yaaaaaa! —chilló Helena, sin dar su brazo a torcer.


—¿En ocasiones tiene pensamientos maliciosos?


—¿Qué? —preguntó Daniel confuso, buscando a los padres de los mocosos por todos lados sin saber cómo salir de ese aprieto.


—¡¡Heladoooooooooo…!!


Y cuando la pirámide de mujeres cayó estruendosamente encima del carrito de los helados, que imprudentemente se había acercado en exceso, Helena comenzó a gimotear y a Daniel le entró el pánico.


—¿Hace llorar a las mujeres? —continuó Nicolas, anotando algo en su cuaderno mientras reprendía a Daniel con la mirada cuando Helena empezó a llorar sin que éste hiciera nada.


—¿Qué…? Yo…, no… ¡Socorro! —gritó Daniel desesperado, sin saber cómo escapar de esa situación o cómo poner fin al rebelde comportamiento de esos críos.


—¿Quién quiere helados? —anunció Alan a viva voz en ese preciso instante, acabando rápidamente con las insolentes preguntas y el infantil llanto.


—¡Mi héroe! —declaró Daniel en el momento en el que pasaba junto a su cuñado para apartarse de aquellos chiquillos que no dejaban de atosigarlo.


Pero, para su desgracia, mientras bajaba tropezó con Alan, y cuando los helados cayeron al suelo, Daniel corrió como un loco para alejarse cuanto antes de aquel caos, dejando a su cuñado con dos fastidiosos niños la mar de enfadados.



jueves, 24 de mayo de 2018

CAPITULO 66




Eliana estaba más que harta de permanecer todo el rato sentada en las gradas. Y todo porque su marido no la dejaba participar en los eventos deportivos debido a que estaba embarazada. Cuando ella intentó explicarle que estar embarazada no significaba que fuese inútil y que tuviese que quedarse inmóvil como una planta, Alan la fulminó con la mirada y le recordó el momento en que la pelota que su amiga Paula había lanzado impactó con un sonoro golpe en una zona muy sensible de su hermano Pedro, haciéndolo caer al suelo.


—Los deportes son peligrosos. Tú, aquí, sentadita y a salvo…


Y como si los dos hombres más importantes de su vida se hubieran puesto de acuerdo, mientras Alan la obligaba a sentarse nuevamente en su lugar, el bebé que llevaba en su interior aprobó la reprimenda de su padre con una de sus pataditas.


Indudablemente, cuando naciera, ese niño sería igual de salvaje que su papá.


En el instante en que finalizó el aburrido partido de béisbol, cuyo único momento interesante había sido cuando su amiga lesionó a su hermano, Eliana vio cómo Paula, una vez más, ignoraba los cuchicheos y las maquinaciones que sus pérfidas compañeras se traían entre manos. Aunque estuviera enfadada con ella, Eliana nunca la dejaría sola ante las intrigas de esas víboras, así que se marchó muy decidida hacia los vestuarios dispuesta a acabar con todas ellas. Y, por si acaso se le revolvían, cogió uno de los bates de béisbol.


Alan la miró alzando interrogativamente una ceja.


—Tengo que acabar con una irritante plaga. Tú, a cuidar de los niños… — manifestó decididamente Eliana mientras señalaba el lugar donde se hallaban Nicolas y su revoltosa hija, Helena.


Alan sonrió y, consciente de que eso solamente podía ser un asunto de mujeres en el que ningún hombre debía entrometerse, alzó las manos en señal de rendición y se dispuso a ir a echar un vistazo a aquellos mocosos, que se estaban peleando de nuevo.



—No seas muy dura con ellas, cariño —pidió mientras se alejaba, dispuesto a permitir que su mujer se desahogara con aquellas mujeres y agotara así su mal humor.


De este modo evitaría que lo llevara a casa consigo y lo pagara con él, como últimamente hacía, a causa de lo revolucionadas que estaban sus hormonas por el embarazo.


Cuando Eliana llegó a los vestuarios vio a su amiga, cubierta solamente con una toalla y tan cegata como un topo, siendo guiada por Mabel hacia las duchas de los hombres. En el instante en que Mabel salió, Eliana se dispuso a entrar para salvar a Paula de una vergonzosa situación, pero su hermano Pedro se adentró en las duchas antes de que ella pudiera hacer nada. Y, después de eso, una interminable bandada de hombres sudorosos decidió dirigirse también hacia el lugar.


Eliana esperó con preocupación a escuchar el escándalo que producirían un par de decenas de hombres al encontrar a una mujer desnuda en su vestuario, pero, al parecer, ninguno de ellos dio con Paula. Así pues, esperó junto a la puerta, armada con su bate y muy dispuesta a noquear a quien hiciera falta para salvarla. Y esperó, y esperó… 


«¿Dónde coño se ha metido Paula?», pensaba un tanto confusa cuando vio que todos los hombres abandonaban las duchas y que, al pasar por su lado, la miraban un tanto extrañados.


—¿Qué sucede? ¿Nunca has visto a una embarazada cabreada? —preguntó al último imbécil que pasó frente a ella mientras balanceaba el bate.


Cuando ya estaba a punto de marcharse, vio a Paula saliendo de las duchas ataviada con una simple toalla. El rostro de su amiga se tornó de un llamativo color rojo, igual de intenso que el de sus cabellos, que delataba lo que había estado haciendo mientras ella la esperaba. El atrevido hombre que había jugado con Paula hasta convertirla en un manojo de nervios retuvo una de las manos de su amiga a la vez que susurraba algo a su oído, algo que aumentó el sonrojo en el rostro de la avergonzada chica.


Cuando Eliana se preguntaba quién podría ser ese canalla, ya que desde su posición apenas le veía la mano y nada más, éste al fin salió de detrás de la puerta y pudo ver al individuo en cuestión, que no era otro más que su hermano Pedro.


A la mente de Eliana acudieron las palabras de Paula, y en ese instante pensó que ya sabía la razón por la que Pedro se comportaba así con ella: indudablemente, ese estúpido estaba enamorado y, como todos los hombres de su familia, la mejor forma de demostrarlo era haciendo el idiota… Sin embargo, ésa no era la manera adecuada de comportarse con una mujer, y más le valía a Pedro que lo aprendiera antes de que Paula volviera a marcharse y él perdiera algo de lo que se arrepentiría toda la vida.


Eliana interrumpió a la pareja con un educado carraspeo y, dirigiendo la punta del bate de béisbol a su hermano, lo alejó de Paula empujándolo poco a poco hacia atrás.


— Ya veo que le has echado una mano a mi amiga…, aunque no sé exactamente dónde —dijo reprendiendo a Pedro con una de sus frías miradas al tiempo que no dejaba de amenazarlo con el bate.


—Eso, hermanita, no es de tu incumbencia… —declaró Pedro con impertinencia, vestido igual que Paula con tan sólo una toalla, mientras alejaba el bate de sí y cruzaba
los brazos retando a Eliana con una de sus burlonas sonrisas—. Será mejor que ayudes a tu amiga a encontrar algo de ropa antes de que la vea alguien más, ¿no te parece? —añadió, haciendo que su hermana se olvidara así de la vergonzosa situación en la que los había encontrado.


—Mis cosas han desaparecido… —apuntó Paula, cada vez más abochornada.


—¿Otra vez la han vuelto a tomar contigo esas odiosas vacaburras? —preguntó Eliana, decidida a marcharse para enfrentarse a ese grupo de estúpidas a las que nunca había temido.


—Sí, hay personas que nunca crecen, ¿verdad? —replicó Pedro mientras le arrebataba el bate de béisbol a su hermana—. Acompaña a Paula a los vestuarios de chicas antes de que se cruce con algún idiota. Yo recuperaré sus cosas. ¡Oh, vaya! Creo que ya es demasiado tarde… —ironizó mientras veía cómo su cuñado corría en su dirección y escondía a Paula detrás de él.


—¿Qué ocurre, Eliana? ¿Estás bien? ¡He oído que había una loca junto a las duchas masculinas y he venido lo más rápido que he podido!


—¿Has pensado que podía tener problemas? —preguntó ella con una encantadora sonrisa ante el adorable comportamiento de su marido.


—No, he pensado que tal vez tú podías ser la loca en cuestión y no quería perderme tu actuación.


Eliana fulminó a Alan con la mirada, muy decidida a que se arrepintiera de sus palabras. 


Por lo pronto, esa noche dormiría en el sofá, y a lo largo de la semana ya se le irían ocurriendo antojos de lo más caprichosos para tocarle las narices.


—¡Vámonos, Paula! Algunos individuos nunca maduran… —declaró enfadada, refiriéndose tanto a su marido como a su hermano.


Cuando se alejaron, Alan miró extrañado la indumentaria de Pedro, y no pudo evitar la tentación de indagar sobre lo ocurrido.



—¿Me puedes aclarar una duda que tengo? ¿Qué demonios hacía Paula tapada con una simple toalla a las puertas del vestuario masculino? ¿Y por qué estabas tú acompañándola con la misma escasez de ropa?


—No pienso decirte nada, Alan. Así que más vale que te guardes tus preguntas… ¡y por nada del mundo se te ocurra hacerme a mí el bailecito que le dedicaste a mi hermano para celebrar que estaba neciamente enamorado de Victoria Wilford! — advirtió Pedro, acabando con los gestos que Alan estaba haciendo para burlarse de su cuñado.


—No hace falta que me digas nada: se te nota a la legua que estás enamorado de Paula.


—¿Por qué dices eso? —preguntó Pedro, bastante preocupado porque su conducta delatara sus sentimientos por esa mujer.


—Porque te comportas como un imbécil cada vez que estás a su lado. ¡Oh, qué bien lo voy a pasar! —declaró felizmente Alan, frotándose las manos mientras recordaba cuánto se habían divertido sus dos cuñados a su costa mientras él perseguía a Eliana. 


Ahora era el momento de su revancha y de ver cómo ellos sufrían y hacían el idiota por amor.


¿Con quién has dejado a los niños? —preguntó Pedro, intentando desviar la conversación de su persona.


—No te preocupes, están con Daniel —contestó su cuñado, desentendiéndose del tema.


Eso no me tranquiliza en absoluto.


—¡Hum! Y a mí tampoco, ahora que lo pienso —convino Alan y, tras esa respuesta, se apresuró a alejarse corriendo por los pasillos antes de que Eliana lo descubriera y lo reprendiera por su insensatez.


—¿Y tú qué excusa tienes para comportarte como un imbécil, eh, Alan? —le preguntó Pedro a gritos a su amigo, todavía molesto con sus palabras.


—¡Muy fácil, Pedro: aún soy un hombre enamorado!



CAPITULO 65




Paula observó, asombrada cómo ese hombre, que era un canalla, se comportaba como todo un caballero. Mientras otros no habrían dudado en aprovecharse de la situación, él la sostenía desnuda contra su cuerpo sin hacer ningún movimiento insolente. La toalla que había llevado consigo Pedro permanecía ocultando la parte baja de su cuerpo, que, con la proximidad de su desnudez, comenzaba a reaccionar.


Paula se agarraba fuertemente a Pedro para no delatar su presencia, con dificultad, porque su mojado cuerpo estaba resbaladizo por el jabón, pero los fuertes brazos del hombre en ningún momento la soltaron o mostraron cansancio alguno.


Mientras esperaban a que los compañeros abandonaran el lugar, aparecieron más hombres procedentes de otras actividades deportivas que ocuparon las duchas que iban siendo desalojadas.


—¡Eh, tío, si has terminado ya, deja la ducha para otro! —gritó uno de los impacientes idiotas que abarrotaban el lugar.


—No, estoy muy sucio, ¡así que búscate otra ducha! —respondió Pedro con un intimidante tono que no admitía discusión y, tras eso, para no delatarlos, tuvo que abrir el grifo, empeorando una situación bastante complicada de por sí cuando su toalla mojada cayó al suelo.


Bajo el chorro de agua, Paula miró a Pedro y su cuerpo comenzó a revelar lo que intentaba ocultar su corazón: en los brazos de ese hombre despertaba nuevamente al deseo y no podía evitar querer sentir de nuevo sus caricias y sus besos. La desatada pasión que siempre los arrollaba cuando estaban juntos volvió a surgir, y para nada importaron los años que habían pasado separados, o las decenas de obstáculos que aún los alejaban.


Paula se revolvió inquieta entre sus brazos sin saber si sucumbir a sus más profundos deseos o si comportarse como debía, alejándose de él para poder olvidarlo.


—¡Por Dios, no te muevas! —masculló Pedro entre dientes, apretando las nalgas de la inquieta mujer que definitivamente lo estaba volviendo loco.


Pedro, creo que deberíamos hablar… —dijo ella en voz baja, recordando para lo que había vuelto a Whiterlande en realidad.


—Paula, en estos momentos tienes toda mi atención, ¡pero, por favor, no te muevas más porque todo hombre tiene un límite! —murmuró él.


—He venido a olvidarte —anunció Paula, haciendo que, con sus palabras, el rostro de Pedro se tornara frío.


—Perfecto…, y, sin duda, la mejor manera de lograrlo es metiéndote desnuda en mi ducha.


—No, pero mientras estaba aquí he pensado que, tal vez, si nos volvemos a acostar, pueda olvidarte…


—Una idea cojonuda…, ¿empezamos?


—Pero prométeme que sólo será una vez y que…


Las palabras de Paula fueron silenciadas por un ardoroso beso que buscaba con desesperación recuperar el tiempo perdido. Pedro se apoderó de su boca mordiendo los labios que tanto lo tentaban y buscó con su lengua una respuesta a sus avances. Cuando Paula se apretó más contra su cuerpo, él la llevó hasta la pared de la ducha para utilizarla como apoyo y, mientras con una mano silenciaba los gemidos de ella, con la lengua fue lamiendo el agua que caía por su cuerpo.


Paula se arqueó contra la pared a la vez que Pedro jugueteaba con sus tentadores senos, lamiendo cada uno de ellos. Mientras sus manos se deslizaban por sus mojadas piernas, él torturó sus erguidos pezones, mordisqueándolos como castigo a cada uno de los bocados que Paula daba a su mano para silenciar su voz. Cuando la fuerte mano que la retenía indagó en su húmedo interior, ella soltó un gemido sin poder evitarlo.


—¡Eh, tío! ¿Te pasa algo? —preguntó un curioso, alentado por el ruido.


—¡Nada! Sólo que se me ha caído el jabón —respondió Pedro con una maliciosa sonrisa mientras se deslizaba hacia el suelo hasta hincarse de rodillas y poner las piernas abiertas de Paula sobre sus hombros.


Ella negó con la cabeza, sabiendo que no podría evitar ser descubierta si Pedro comenzaba a deleitarse con su cuerpo, pero él simplemente sonrió y bajó la cabeza para saborearla con su lengua. Lamió despiadadamente su clítoris mientras Paula sujetaba sus cabellos con una mano y con la otra intentaba acallar los gemidos que salían de su propia boca para no ser descubiertos.


Sin piedad alguna, Pedro la hizo acercarse al placer una y otra vez, y cuando sus caderas comenzaron a moverse exigiendo el gozoso éxtasis, él introdujo un dedo en su interior haciendo que otro gemido escapara de su boca, por más que Paula trató de silenciarlo.


—Oye, ¿seguro que estás bien? —preguntó de nuevo el mismo cotilla, al que Pedro tenía ganas de atizar.


—Sí, seguro… Creo que después de esta ducha estaré mejor que nunca —afirmó él con una ladina sonrisa poco antes de alzarse nuevamente cargando a Paula. Apoyando
de nuevo su cuerpo contra la pared, la penetró de una sola y ruda embestida, a la vez que sus labios silenciaban la boca de ella y sus fuertes manos dirigían su cuerpo hasta el éxtasis.


Paula movió las caderas buscando su propio placer mientras las duras acometidas de Pedro y el agua fría que rozaba su sensible cuerpo la hacían llegar a la cumbre del placer. Pedro la acompañó gritando en silencio su nombre, y cuando un arrollador orgasmo los embargó, no dejaron de abrazarse ni un solo momento. Tras esto, ambos continuaron unidos como si fueran uno, y después de mirarse a los ojos y sentirse avergonzados, se preguntaron cuánto más tendría que prolongarse esa embarazosa situación para evitar ser descubiertos.



La respuesta no se hizo esperar en el momento en que los ocupantes de las restantes duchas empezaron a quejarse de la falta de agua caliente y abandonaron el lugar.


Cuando confirmaron que estaban solos, Paula intentó alejarse de Pedro, algo que esta vez él no permitió.


—¿Qué crees que estás haciendo? —preguntó un tanto molesto al ver cómo ella se revolvía inquieta entre sus brazos.


—Has prometido que sólo sería una vez… —protestó Paula cuando empezó a notar en su interior que el miembro de Pedro comenzaba a animarse nuevamente.


—No, pequitas, yo no he prometido nada, ya que nunca hago una promesa que sé que no podré cumplir —manifestó Pedro, silenciándola con uno de sus besos que la hizo olvidarse nuevamente de todo, mostrándole lo peligroso que era el juego que había comenzado para tratar de olvidarlo y con el que en esos instantes estaba consiguiendo justo lo contrario.