martes, 22 de mayo de 2018

CAPITULO 58




La fiesta de chicas duró toda la noche y, por una vez, disfruté de poder volver a sentirme como una adolescente. Cuando toda mi ropa desapareció de mi equipaje debido a la intervención de mi hijo, Eliana bromeó conmigo y me retó a que me pusiera una vieja camiseta que tenía estampada la imagen de uno de mis antiguos grupos de música favoritos, reto que yo acepté alegremente.


Al principio de la noche me preocupé por mi hijo, pero tras la llamada de Nicolas asegurándome que se estaba divirtiendo, mi intranquilidad se calmó. Sin embargo, por unos instantes, al recordar la molesta mirada que me había dirigido Juan Alfonso, me inquieté al pensar que ese hombre podría llegar a averiguar la verdad sobre Nicolas.


Pero eso era imposible, ya que nadie sabía que Pedro y yo habíamos tenido algún tipo de relación.


Me divertí toda la noche viendo viejas películas románticas con algunas de las antiguas amigas del instituto a las que había olvidado y que Eliana no pudo evitar invitar. Esa alocada noche recordamos viejos cotilleos de la adolescencia, preguntándonos si alguna de las parejas que se marcharon de Whiterlande habrían perdurado.


Cuando Alan, el marido de Eliana, se fue para alejarse lo más rápidamente posible de nosotras y nuestros cotilleos, con la vana excusa de una «noche de chicos», al fin pudimos dar rienda suelta a todo lo que habíamos querido hacer desde el principio: nos aplicamos esas máscaras faciales que venían en las revistas de belleza, todas blancas y pegajosas, cuya mezcla hacía que nuestros rostros pareciesen un merengue gigante; nos pusimos también una mascarilla en los cabellos, tras lo que nos colocamos esos rulos enormes para que a la mañana siguiente lucieran un gran volumen y un brillo natural, y, para acabar, nos hicimos mutuamente la manicura y la pedicura.


Todo un perfecto tratamiento de belleza que, sin duda, daría su resultado al día siguiente. Así, cuando volviera a encontrarme con Pedro después de tanto tiempo, él apenas me reconocería. O eso, al menos, fue lo que pensé.


La fiesta se hallaba en pleno apogeo cuando, a las cuatro y media de la madrugada, la señora Alfonso llamó a su hija a casa, y, a continuación, una enfurecida Eliana salió murmurando más de una maldición hacia cierto salvaje mientras me dejaba a mí al cargo. Pero, como yo nunca había tenido las dotes de mando que tenía Eliana, nadie me hizo caso cuando quise que la fiesta cesara y descansáramos un poco.


Una por una, las demás mujeres ignoraron mis órdenes y muy pronto volvieron a poner en marcha la diversión hasta altas horas de la madrugada. El resultado de nuestra locura: seis mujeres y una niña desparramadas por el salón entre palomitas de maíz, envoltorios de chocolatinas y latas de refresco vacías.


A la mañana siguiente me desperté por el sonido del timbre y me levanté un tanto desorientada del duro sofá donde dormía sola. Al parecer, mis compañeras habían conseguido levantarse antes que yo.


Cuando me toqué el rostro me di cuenta de que todavía llevaba aquella horrenda mascarilla y, para empeorar la situación, se había mezclado con restos de palomitas.


Seguía luciendo los gigantescos rulos en los cabellos y, para mi desgracia, algún envoltorio de chocolatina se me había enredado en el pelo. 


Lo único que al parecer había sido un éxito total había sido la manicura y la pedicura, aunque en los pies todavía llevaba puestos los típicos separadores de dedos que hacen imposible caminar como una persona normal.


Me senté en el sofá dispuesta a quitarme los separadores de mis pies cuando oí que alguien entraba en la habitación. Creyendo que era mi amiga, le pregunté despreocupadamente cuándo vendría Nicolas, y, al no recibir respuesta alguna, alcé el rostro para encontrarme cara a cara frente al hombre al que menos quería ver en esos momentos. Eso sí, tal y como yo había apuntado en mi carta de venganza, Pedro estaba boquiabierto ante mí y apenas me reconoció…


—¿Paula? ¿En serio eres tú? —me preguntó, todavía asombrado por mi lamentable aspecto.


En ese momento quise ocultar la cabeza bajo tierra, así que hice lo más razonable: salí corriendo hacia la habitación de invitados. Para mi desgracia, tropecé con las latas vacías que había dispersas por todo el salón y caí de una forma lamentable al suelo, consiguiendo que en el proceso la parte posterior de la camiseta que llevaba se alzara y mostrara mi bonita ropa interior. Mientras me levantaba, oí las sarcásticas palabras de ese hombre que siempre me atormentaba.


—Sí, sin duda eres tú… Aún recuerdo una preciosa ropa interior de encaje rosa muy similar a ésa —comentó Pedro escandalosamente, haciendo que me preguntara cómo era posible que recordara esos detalles de nuestro pasado si yo no había significado nada para él.


No obstante, la verdad es que no me detuve mucho a pensar en ello, ya que solamente quería alejar mi penoso aspecto de él lo más rápidamente posible.


Mientras subía la escalera lamenté no haberle dado su debida contestación a ese canalla, pero sonreí cuando oí a mi hijo aleccionándolo:
—¡No se mira la ropa interior de las niñas!


Y, seguidamente, oí cómo se quejaba Pedro, algo dolorido. Sin duda, mi hijo había hecho caso de los rudos consejos de mis hermanos y había terminado acompañando su comentario con un puntapié.


—Bueno, puede que, después de todo, no sean unas niñeras tan malas —murmuré contenta pensando en mis hermanos mientras entraba en el baño con una sonrisa, ya que mi hijo había hecho lo que yo había deseado hacer durante años: darle una lección a ese hombre para que no jugara nunca más conmigo.


Quién sabe: tal vez en esa ocasión lo conseguiría…






CAPITULO 57




Juan miraba desde la puerta de la cocina al más idiota de sus hijos, que en esta ocasión no podía decir que fuese Daniel. Había creído que, en cuanto Pedro viera a Nicolas, se daría cuenta de lo que todos sabían ya cada vez que observaban al pequeño. ¡Pero no! Él tenía que ser estúpidamente ciego al hecho de que ese niño era su hijo.


Lo más lógico habría sido que, en cuanto Pedro hubiera visto esos ojos, esa cara y esos cabellos tan parecidos a los suyos y, sobre todo, ese impertinente temperamento tan similar, se preguntara, y se diese cuenta, de dónde los había sacado el pequeño.


Pero el hijo mayor de Juan, que en ocasiones presumía de ser muy inteligente en algunos aspectos, podía llegar a ser bastante bobo en otros.


Juan estaba bastante molesto con el resultado porque así no había manera de volver a juntar a esa pareja, o de que su hijo le revelara a Nicolas quién era su padre. Y él, mientras tanto, no podía hacer nada, ya que Sara le había prohibido expresamente que abriera la boca, con la amenaza de ser desterrado perpetuamente a ese duro sofá que le molía la espalda si se atrevía a llevarle la contraria, por lo que tenía que guardar silencio.


Pero, aunque no pudiera decir nada, estaba más que decidido a ayudar a su nieto a descubrir quién era su padre, así que iría dejando sutiles respuestas a las preguntas de ese niño, cruzando los dedos para que su mujer no lo descubriera en el proceso y le dirigiera una de sus frías y reprobadoras miradas de advertencia.


Por lo que había averiguado, su inteligente nieto poseía una lista con algunas características de su padre, y nada más ver a esos alocados personajes que eran sus dos hijos y su yerno, Nicolas había decidido que su padre era uno de esos tres. Así que, ni corto ni perezoso, el pequeño había comenzado a acosar a Juan con preguntas ante las que él había tenido que morderse la lengua en más de una ocasión.


Tras ver que no sacaría nada en claro, Nicolas había cogido unos extraños test escondidos entre las páginas de uno de los libros de historia que había traído consigo a espaldas de su madre, y había logrado que los tres le prestaran atención a pesar de la resaca.


Juan esperó, confiando en que Pedro se fijaría en Nicolas en algún momento y vería el gran parecido que guardaba con él. Pero ni siquiera cuando el chiquillo le reveló quién era su madre, Pedro dio muestra alguna de que sospechara quién era el padre. Juan se sintió muy tentado de gritarle a su hijo lo tonto que era, pero como su mujer pasó junto a él en ese momento, simplemente se mordió la lengua y, una vez más, se mantuvo en silencio.


Cuando su nieto pasó por su lado revisando sus papeles una y otra vez, bastante preocupado por el resultado de sus preguntas, Juan no pudo evitar decirle:
—¿Te ha dicho tu madre alguna vez que, aunque tu padre es muy listo, en ocasiones
puede llegar a ser bastante tonto?


—No, ella no. Pero mis tíos, sí… No se preocupe, lo he tenido en cuenta —dijo Nicolas, alzando sus papeles—. Aunque en estos instantes no estoy muy contento con los resultados. Creo que tengo que investigar más —anunció mirando un tanto inquieto hacia la mesa donde aquellos tres personajes hacían el payaso con sus habituales bromas—. Voy a recoger mis cosas. La señora Alfonso me ha dicho que alguien me llevará con mamá.


Y, mientras Nicolas se alejaba, Pedro se acercó a su padre.


—Mamá me ha ordenado que lleve a ese mocoso a casa de mi hermana mientras me lanzaba una de sus miradas asesinas, ¿sabes lo que le pasa?


—Sin duda se lamenta de tener un hijo tan idiota —declaró Juan, taladrándolo con la mirada.


—En serio, no sé qué os ocurre hoy a todos… Mejor me marcho antes de que me peguéis vuestra locura. Después de todo, la casa de Eliana siempre ha sido muy tranquila.


CAPITULO 56




Unas horas más tarde, me levanté con la mayor resaca de mi vida. Por suerte, ese día libraba y no tendría que ir a la clínica. Cuando me arrastré hacia la mesa de la cocina, donde solía desayunar con mi familia, vi a mis dos compinches de la noche anterior, aún más hechos polvo que yo. No hace falta decir que me alegré bastante, ya que todo lo sucedido esa noche se debía a su fantástica colaboración.



Observé que tanto Alan como Daniel se encontraban atareados rellenando unos extraños papeles que miraban con los ojos entornados y, en más de una ocasión, mientras movían sus lápices, se llevaban las manos a la cabeza como si lo que estuvieran haciendo fuera una tortura para ellos.


Mientras me acercaba, me sorprendí bastante al ver a un mocoso que debía de ser más o menos un año mayor que mi sobrina Helena, sentado junto a Daniel y Alan. Sus rubios cabellos revueltos y sus ojos azules le daban la apariencia de un niño bueno, hasta que uno se aproximaba y se percataba de que era un niño muy impertinente, un tanto curioso y muy, pero que muy repelente.


—Os recuerdo que solamente tenéis cinco minutos —dijo el chiquillo dirigiéndose a Daniel y a Alan.


—¡Sí, sí! ¡Ésta me la sé: es este cuadrito, sin duda! —declaró Daniel mientras marcaba felizmente su respuesta en el papel.


—¡Ah, y ésta la sé yo! —exclamó Alan con alegría—. ¡La pregunta número cinco no tiene respuesta alguna!


—No, señor Taylor: todas las preguntas tienen respuesta —replicó el chico.


—Ya te he dicho que me llames Alan, chaval. Pero, Nicolas, dime, ¿estás seguro de que nosotros somos los más indicados para ayudarte con este trabajo de clase?


—Sí, sin duda ustedes son las personas apropiadas para ayudarme —contestó el niño, colocándose las gafas en su lugar con un gesto impertinente y mirando taimadamente a sus sujetos de experimento.


—¿Se puede saber que coj…? Estooo, ¿qué estáis haciendo? —corregí acertadamente, recordándome a mí mismo que había un niño cerca. A pesar de ello, el mocoso se atrevió a reprenderme con la mirada.


Luego me dirigí hacia mi amigo Alan y le arrebaté el papel para echarle una ojeada a ese trabajo de clase. Tras sólo un segundo confirmé que el crío era más retorcido de lo que pensaba.


—Chaval, esta prueba no te servirá de mucho: si le haces un test de inteligencia a un hombre con resaca recibirás la misma respuesta que si se lo haces a una piedra, o sea, ninguna de utilidad. Aunque creo que la piedra te serviría de algo, al menos como pisapapeles, no como estos dos sujetos… —declaré devolviéndole el test a Alan, quien no dejaba de tratar de apoderarse de él empecinadamente.


—¡Al fin os demostraré que soy más listo que vosotros! —exclamó éste triunfante, concentrándose en su examen.


—En serio, chaval, ya te digo yo los resultados… Éste es tan tonto que corre detrás de los coches aparcados —dije señalando a mi hermano Daniel—. Y éste, sin duda, tiene sus células cerebrales en la lista de especies en extinción —terminé sentándome junto a mi amigo y mi hermano para ver si eran capaces de finalizar el test en cinco minutos.


—¡Pues si tú eres tan listo, ¿por qué no lo haces también?! —exclamó mi hermano Daniel molesto, intentando ocultarme sus respuestas, algo totalmente innecesario.


—Es que no quiero robaros protagonismo —dije maliciosamente cruzándome de brazos.


—¡Nicolas! Entrégale uno de esos exámenes a Pedro… Seguramente él también debería hacerlo… —opinó Alan, consiguiendo finalmente que el mocoso colocara uno de los papeles delante de mí mientras me retaba con su insolente mirada.


A continuación, miré el reloj con la idea de darles tiempo a mis compañeros de fatigas para que terminaran sus pruebas, y en cuanto las hubieron entregado, le di la vuelta a la mía y en tan sólo treinta segundos la hice. Daniel y Alan me fulminaron con la mirada y, expectantes, aguardaron una respuesta que yo ya sabía.


—Bueno, ¿quién es el más listo de los tres? —preguntó Alan al crío, que observaba los resultados un tanto molesto.


—¿Se lo dices tú o se lo digo yo, chaval? —intervine arrogantemente, ganándome tres miradas cargadas de reproche.


—¡No me llamo chaval: me llamo Nicolas! —replicó altaneramente el niño para luego pasar a dar el resultado—: Pedro Alfonso, con ciento cincuenta y cuatro puntos, es el que tiene un mayor cociente intelectual de los tres —anunció finalmente el mocoso.


Para rebajar sus humos, presumí un poco ante él:
—Seguro que no tienes el privilegio de conocer a una persona más lista que yo, chaval… Aprovecha la oportunidad y pregúntame lo que quieras.


—No hace falta, señor Alfonso. Ya conozco a una persona con un cociente intelectual de ciento cincuenta y cinco puntos que responde a todas mis preguntas, y ésa es mi mamá…


Y, tras esa respuesta, al fin me interesó saber qué hacía ese niño en casa de mis padres y quién sería esa inteligente mujer a la que él llamaba mamá, porque la única mujer que conocía más inteligente que yo mismo era aquella que siempre huía neciamente de mi lado.


—¿Cómo se llama tu madre? —pregunté, temeroso de oír su respuesta.


—Paula —anunció el crío, arruinando todas mis esperanzas de que ella no me hubiera olvidado.


Increíblemente, tras verme un tanto cabizbajo al recibir esa respuesta, el niño se acercó a mí e intentó animarme.


—No se preocupe, señor: si no sabe algo, siempre puede preguntárselo a mi mamá —dijo palmeando tranquilizadoramente mi mano.


—No creo que se quede mucho tiempo como para responder a todas mis preguntas —repliqué, recordando lo rápido que ella huía de mí.


—No se preocupe, también puede preguntarme a mí: mi cociente es de ciento sesenta y dos—se jactó el mocoso poco antes de irse.


Cuando miré su rostro mientras se alejaba, vi en él una ladina sonrisa que en vano trataba de disimular, y en ese preciso momento supe que ese chaval, sin ningún género de dudas, me estaba vacilando. Cosa que me confirmaron las carcajadas de mi amigo


Alan y de mi hermano Daniel, que tenían un ataque de risa a mi costa.


—Qué mal gusto tienes con los hombres, Paula… —murmuré mientras me preguntaba cómo sería el padre de ese mocoso tan impertinente que acababa de burlarse de mí.


lunes, 21 de mayo de 2018

CAPITULO 55




Cuando Nicolas llegó al domicilio de la pareja, una acogedora casa de dos plantas de estilo colonial igual que todas las de la manzana, se sintió muy tranquilo, ya que le recordó al hogar de sus abuelos. De hecho, los Alfonso lo trataban de una forma muy similar a ellos, porque no paraban de mimarlo.


Sara, la amable mujer, le preparó su comida favorita para la cena, y cuando Juan intentó atraerlo hacia su sillón preferido para ver los deportes, Nicolas se resignó a hacer lo que le había dicho su mamá acerca de comportarse como un niño normal.


Hasta que el señor Alfonso se dio cuenta de que eso lo aburría y le preguntó qué prefería hacer.


Para su desgracia, el señor Alfonso no tenía libros de historia y la casa carecía de conexión a internet, pero en un momento dado, al conocer el interés de Nicolas, sacó unos inmensos tomos que contenían la historia de diferentes casas del lugar, y eso le encantó al chaval. Sobre todo porque esas historias parecían pertenecer solamente a ese pequeño pueblo, y nadie, salvo ellos dos, conocía ese secreto.


Estuvieron hasta las tantas con la entretenida lectura y Juan no dudó en contarle anécdotas sorprendentes de su trabajo, que consistía en vender cada una de esas casas a las personas adecuadas. A lo largo de la noche, el chico se quedó plácidamente dormido en el sofá y despertó horas después, un poco desorientado, en una habitación desconocida.


Desde la pequeña cama junto a la ventana, miró a su alrededor. Unos grandes estantes que lo rodeaban, llenos de libros, le hicieron sonreír y se preguntó a quién pertenecerían la decena de trofeos que había en ellos, así como un gran tablón de corcho donde alguien había dejado olvidado algún complicado trabajo escolar y un esquema en donde desarrollaba un minucioso, elaborado y detallado futuro.


Tras oír voces procedentes del exterior, Nicolas dejó de observar los títulos de esos libros que tanto lo atraían y, después de salir al pasillo, anduvo hacia la escalera que lo llevaría a la planta principal, decidido a investigar lo que ocurría en el hogar de los Alfonso.


Eran las seis de la mañana, y el muchacho pudo oír unos quejumbrosos lamentos producidos por tres hombres que se comportaban como niños pequeños… Éstos eran arrastrados hacia la entrada de la casa de los Alfonso por tres personas distintas.


Nicolas, curioso por naturaleza, se asomó por la puerta trasera que daba al jardín posterior desde la cocina y vio cómo Eliana, la simpática amiga de su madre que había conocido horas antes, reprendía a un hombre que debía ser su marido.


—¿En serio? ¿En un bar de estrípers? ¡¿En qué demonios estabas pensando, Alan Taylor?!


—¡Te juro que el lugar lo eligieron tus hermanos, y sólo lo hicieron para joderme! ¡Yo ni siquiera sabía dónde era nuestra reunión de chicos hasta que estuve allí!


—Sí, claro…, y ahora me dirás que ellos también te obligaron a emborracharte y a ser detenido por escándalo público.


—No…, ¡pero me animaron mucho! —declaró el hombre en su defensa, de forma muy lamentable en opinión de Nicolas, ganándose una fría mirada de su mujer.


—¿Se puede saber qué estabas haciendo para que te detuvieran?


—Practicaba mis clases de canto con una farola acompañado de tus hermanos.


—Ah, eso lo explica todo… Si yo hubiera estado allí, no te habría detenido, directamente te habría pegado un tiro para acabar con tu sufrimiento.


—¡Vamos, Eliana, no seas así! —suplicó Alan mientras abrazaba melosamente a su mujer, algo que al parecer no funcionó para aplacarla.


—¡Eres el hombre más imperfecto que conozco! Aún no sé por qué me casé contigo… —replicó ella mientras intentaba zafarse de ese abrazo conciliador.


—Porque te enamoraste de mí —contestó Alan con la esperanza de calmar a su esposa.


Esas palabras al fin consiguieron sosegar un poco los ánimos de Eliana, pero como todo hombre enamorado, y por tanto un poco torpe, Alan no podía acabar la noche sin volver a meter la pata.


—Además, a ti siempre te ha gustado mi lado salvaje… —afirmó besándola cariñosamente y deleitándose demasiado pronto en su victoria.


—Salvaje…, ¡no tienes remedio! Tú nunca aprendes, ¿verdad? ¡Hoy te quedas a dormir en casa de mis padres, tal vez una noche en su duro sofá te ayude a recapacitar!


Y, tras esas palabras, Eliana se alejó en su coche. De nada sirvieron las quejas de su marido, que recibieron como única respuesta la nube de polvo que produjeron las ruedas del vehículo cuando ella pisó el acelerador.


Después de que este personaje entrara en la casa, le tocó el turno a un hombre joven que, en algunos aspectos, era muy parecido al señor Alfonso. Se quejaba como un niño pequeño mientras era arrastrado de la oreja por un viejo equipado con un aparejo de pesca, que incluía la imprescindible caña.


Cuando llegaron a la puerta, el anciano soltó la oreja del quejica y, tras dedicarle una fría mirada, lo reprendió con severidad:
—¡Daniel Alfonso, eres como un grano en el culo! ¡Cómo vuelvas a estropearme un día de pesca, te uso a ti de cebo en vez de a mis gusanos! Y más te vale que esa eficiente abogada tuya no me vuelva a llamar para que te saque de algún aprieto…, ¿no se supone que eres tú quien se responsabiliza de ella y no al revés? ¿En qué narices estaría yo pensando en aquel momento en mi tribunal cuando te impuse como castigo que cuidaras de ella? Bueno, quedas advertido: ¡ni una llamada más! —insistió el viejo, amenazando al tal Daniel con uno de sus rígidos dedos antes de marcharse.


Cuando Nicolas creyó que al fin habría paz y tranquilidad en aquella casa, apareció la amable señora Alfonso reprendiendo a un sujeto de fríos ojos azules y revueltos cabellos rubios, muy parecido al anterior. Pero éste, en lugar de escuchar la reprimenda de su madre tan debidamente como hacen todos los niños buenos, ponía los ojos en blanco y evitaba su mirada mientras se burlaba de ella. Ése, decididamente, fue el hombre que menos le gustó a Nicolas de aquellos tres molestos individuos.


—¡Pedro Alfonso, se supone que debes ser un ejemplo para tu hermano, y no malograrlo más de lo que ya lo está! —exclamó Sara.


—No te preocupes, mamá: Daniel no tiene remedio. Pero todavía me tienes a mí, tu hijo perfecto —contestó Pedro burlonamente mientras intentaba abrazarla.


Pero ésta, muy enfadada, no tardó mucho en zafarse de ese falso apretón.


—¡Perfecto…, mis narices! ¡Eres un hombre muy impertinente y, definitivamente, tu carácter es malicioso y retorcido! ¡No sé qué hice para que salieras así! ¡Por Dios, hijo, tienes treinta y tres años, ya eres todo un adulto para que alguien tenga que llamar a tu madre para que te saque de la cárcel! ¿Se puede saber qué hiciste para que te arrestaran?


—Cantarle a una farola, mamá.


—¿Y por qué demonios estabas haciendo eso? —preguntó Sara, resignada a que sus dos hijos pudieran llegar a comportarse de un modo tan estúpido en algunas ocasiones.


—Porque estaba borracho, indudablemente. Si lo hubiera hecho sobrio, sería bastante más preocupante.


—¡No me fastidies, Pedro! ¡Estás castigado! —gritó Sara, muy irritada con la impertinente contestación de su hijo.


—¡No jodas, mamá! Tengo treinta y tres años como acabas de recordarme, ya no puedes hacer eso —protestó él enérgicamente.


—¡¿Qué te apuestas?! —retó la encolerizada mujer mientras le dirigía una penetrante mirada y le señalaba con su dedo inquisidor el interior de la casa.


—¿Hasta cuándo estaré absurdamente castigado, mamá? —inquirió Pedro, resignado a su suerte para que se acabase pronto la regañina.


—Por lo menos, hasta que se te pase la borrachera —finalizó ella, haciendo que Nicolas se preocupara de hasta cuándo podían seguir las madres regañando a sus hijos, ya que él creía erróneamente que eso acababa cuando los niños se convertían en adultos.


No obstante, dejó ese tema a un lado y se adentró en la casa bastante inquieto. Sacó el cuaderno que siempre lo acompañaba allá donde fuera y, tras repasar lo que le habían dicho sus tíos sobre cómo era su padre y lo que había visto allí, llegó a una conclusión que lo dejó bastante intranquilo.


—¿Qué te ocurre? —le preguntó Juan tras ver el consternado rostro del chico cuando entró en la cocina buscándolo.


—Creo que uno de esos tres hombres puede ser mi papá, y eso es algo realmente preocupante… —respondió Nicolas, esperanzado con que el señor Alfonso lo sacara de su error.


—Pues sí que eres listo, chaval… —repuso con asombro Juan, confirmándole al muchacho que, para su infortunio, la ridícula descripción que le habían facilitado sus tíos sobre la figura de su progenitor parecía ser de lo más acertada.