miércoles, 23 de mayo de 2018

CAPITULO 60




—Eliana, en serio, no sé para qué me has hecho venir a tu habitación tan deprisa cuando esos dos casi se estaban matando en el salón. Será mejor que me digas pronto lo que ocurre, no quiero dejar a Nicolas mucho tiempo a solas con un tipo como tu hermano. Quién sabe lo que se le puede llegar a pegar de él… —dijo Paula intentando huir de su amiga, que desde hacía unos momentos la miraba de una forma bastante extraña.


—Creo que ya es demasiado tarde para eso, Paula, ya que ese niño es la viva imagen de mi hermano… —soltó furiosamente Eliana, haciendo que los pasos de su amiga se detuviesen cuando intentaba salir de la habitación.


—¡Mierda! —masculló Paula antes de volverse para enfrentar su fría mirada.


—¿Por qué nunca me dijiste que el hombre que te atormentaba era mi propio hermano? —preguntó Eliana antes de continuar—: Porque supongo que esa persona a la que nunca podías olvidar, ese hombre que siempre te jugaba malas pasadas, el padre de Nicolas… siempre ha sido Pedro, ¿verdad?


—¿Qué querías que te dijera, Eliana? —repuso débilmente ella.


—¿Tal vez la verdad, Paula? —replicó su amiga con sarcasmo.


—¡Y lo hice! Lo único que siempre evité revelarte fue su nombre…



Pedro puede llegar a ser bastante irritante en ocasiones, pero nunca se comportaría así con una mujer.


—Evidentemente no conoces a tu hermano lo suficiente.


—No tanto como tú, al parecer, que hasta tienes un hijo con él y se lo has ocultado durante todos estos años… ¿Cómo has podido hacer eso, Paula? —quiso saber Eliana.


—¿Qué querías que hiciera? —se quejó ella amargamente—. Pasamos una noche juntos, en la que me sedujo haciéndose pasar por otro, y a la mañana siguiente sus únicas palabras fueron que, cuando me volviera a acostar con otro para tratar de olvidarlo, me asegurara antes de que no se trataba de él mismo. No creo que fueran unas palabras muy alentadoras para animarme a que lo informara sobre mi embarazo cuando me enteré de ello.


—Mi hermano no es así, y si lo hizo tendría sus razones para…


—¡Pues explícamelas tú, porque yo aún no las comprendo! —exclamó Paula con rabia.


Entonces supongo que ese hombre del que quieres vengarte es Pedro, ¿verdad? ¿No crees que ya lo has castigado suficientemente al no contarle la verdad sobre vuestro hijo?


—¡Nicolas es mi hijo! Nunca lo utilizaría para vengarme de Pedro… Y si he venido dispuesta a solucionarlo todo con tu hermano es porque quiero dejarlo atrás definitivamente para seguir con mi vida.


—No pienso permitir que le hagas daño a Pedro, Paula. Antes de convertirte en una mujer irracional y llevar a cabo tu estúpida venganza, tal vez deberías hablar con él y aclararlo todo —apuntó Eliana, conciliadora.


—¿Como lo hablaste tú con Alan cuando volviste a este pueblo tras la universidad y tu paso por Nueva York? —replicó Paula.


—¡Eso fue distinto!


—¿Por qué?


—Porque él era un salvaje.


—¡Pues tu hermano es un canalla! —manifestó Paula a viva voz, haciendo que Eliana volviera el rostro enfadada, negándose a escuchar la verdad—. ¿Sabes lo que más me jode de todo esto? ¡Que Pedro en ocasiones se comporta como un verdadero cabrón y sólo yo lo veo! ¡A ojos de todo el mundo, es el niño bueno de Whiterlande, pero sólo yo veo su auténtica forma de ser! —finalizó, marchándose airadamente de la habitación de su amiga dispuesta a poner algo de distancia entre ellas hasta que las cosas se calmaran, o hasta que terminara su estancia en ese pueblo, lo que ocurriera antes.



CAPITULO 59




Eliana se preguntó qué narices hacía su amiga subiendo la escalera con una rapidez de la que nunca la había creído capaz, sobre todo después de presenciar en el pasado sus lamentables actuaciones en clase de educación física. Tras percatarse de que su hermano Pedro se hallaba en el salón junto a Nicolas, no albergó duda alguna de que la alocada carrera de Paula se debía a la presencia de éste: ninguna mujer querría ser vista con el lamentable aspecto que Paula lucía esa mañana. Eso, junto con la conocida impertinencia de la que siempre hacían gala sus hermanos, había provocado la inusual estampida de Paula escaleras arriba.


Y eso que Pedro era el que mejor se comportaba de los dos; él nunca hacía trastadas a sus amigas ni las espantaba con sus escandalosas proposiciones como hacía Daniel.


«Hasta ahora», pensó Eliana cuando detectó una ladina sonrisa en el rostro de su hermano mientras seguía a Paula con la mirada.


«¿Acaso a Pedro le interesa Paula?»


Eso era algo extraño, ya que durante la adolescencia siempre la había ignorado, pero ya se sabe que todo cambia con los años. Tal vez ése fuese el momento adecuado para advertirle a su hermano que Paula estaba comprometida, y que el único hombre al que había amado era el padre de Nicolas, alguien que desgraciadamente sólo había sido una aventura de una noche… O eso, al menos, era lo que su amiga le había contado, una historia en la que Paula siempre evitaba pronunciar el nombre de ese sujeto. 


Eliana se preguntaba si era porque le resultaba demasiado doloroso recordarlo o simplemente porque esa historia ocultaba más de lo que su amiga estaba dispuesta a contar.


Mientras marchaba hacia Pedro muy dispuesta a reprenderlo por su comportamiento, Eliana vio cómo Nicolas amonestaba a su hermano y decidió no interrumpirlos al observar que, tras el contundente puntapié que el niño le propinaba a Pedro, Nicolas iba ganando esa discusión.


—¡Eh, chaval! ¿No te ha dicho tu papá que no se debe golpear a la gente?



—No sé quien es mi papá, pero mis tíos me han enseñado muy bien cómo defender a mi mamá.


—Cómo no… —musitó Pedro mientras ponía los ojos en blanco y recordaba lo obtusos que eran aquellos irascibles sujetos.


—¿Tiene usted algo en contra de mis tíos? —preguntó Nicolas con insolencia, retando a Pedro con la mirada.


Y en ese preciso momento fue cuando Eliana se dio cuenta de qué era lo que faltaba en la historia que le relataba su amiga y al fin pudo ponerle rostro y nombre al tortuoso sujeto que Paula aún intentaba olvidar. Al ver el gesto impertinente y mordaz de Nicolas al enfrentarse a su hermano quedó convencida de que Pedro era el padre del chico: ésa era exactamente la misma expresión que Eliana había visto miles de veces a lo largo de su infancia cuando otro niño que no fuera Alan trataba de meterse con ella Pedro saltaba en su defensa.


Nicolas y Pedro continuaron discutiendo, ajenos a la verdad que se ocultaba entre ellos, pero revelándola a todos sin apenas percatarse de cuán similares eran sus gestos y sus acciones.


—Nada que sea de tu incumbencia, mocoso —zanjó tajantemente Pedro, cruzándose altivamente de brazos y demostrándole que él tenía más poder, ya que era mayor.


—¡No me llamo mocoso, me llamo Nicolas! Pero es comprensible que no lo recuerde, señor Alfonso…, ya se sabe que con la edad las personas mayores comienzan a olvidarse de las cosas —respondió Nicolas con la misma impertinencia, cruzándose de brazos un gesto altivo muy parecido al de su padre y dirigiéndole a éste la misma fría mirada que recibía de él.


¡Eran igualitos! De hecho, observar a Nicolas era como vislumbrar una copia del pasado de Pedro. Eliana se extrañó de que el Alfonso que más presumía de inteligencia pudiera llegar a ser tan estúpido y no darse cuenta. Y, mientras permanecía a un lado observando a esos dos personajes tan similares, se enfadó con su amiga Paula por todos los secretos que le había ocultado. Sin embargo, como su propia historia de amor también había sido bastante complicada, Eliana decidió escucharla primero antes de condenarla, ya que por propia experiencia sabía que cuando el amor llegaba se cometía más de una locura.


Mientras esperaba el momento idóneo para interrumpir la disputa, su salvaje marido la abrazó por la espalda y, tras depositar un cariñoso beso en su rostro, observó con atención la escena que se desarrollaba frente a él.


—¡Joder, pero si son iguales…! —exclamó sorprendido antes de que Eliana le tapara la boca con la mano.


—¡Ni una palabra! —siseó ella mientras se volvía hacia él y le exigía que guardara silencio con una sola de sus miradas, mostrándole sin saberlo lo preocupada que estaba por su hermano.


—Lo que tú digas, preciosa —contestó Alan en voz baja, besando cariñosamente la mano que lo había hecho callar—. Pero ¿no crees que Pedro tiene derecho a saberlo? — preguntó consciente de que su querida doña Perfecta nunca dejaría de lado ese nuevo descubrimiento hasta que todo encajara como debía.


—Y lo sabrá, pero cuando sea el momento. Y esa decisión no nos corresponde a nosotros —declaró Eliana mientras fulminaba con una de sus aterradoras miradas a su amiga, que en esos momentos bajaba de nuevo la escalera para imponer algo de orden entre aquellos dos.


«¡Qué pena que Paula no sepa hacer lo mismo con su desorganizada vida! Pero ¿para qué están las amigas sino para ayudarse?», pensó Eliana, totalmente decidida a traer equilibrio y armonía a la caótica vida de su querida amiga, que tantas cosas le había ocultado.


martes, 22 de mayo de 2018

CAPITULO 58




La fiesta de chicas duró toda la noche y, por una vez, disfruté de poder volver a sentirme como una adolescente. Cuando toda mi ropa desapareció de mi equipaje debido a la intervención de mi hijo, Eliana bromeó conmigo y me retó a que me pusiera una vieja camiseta que tenía estampada la imagen de uno de mis antiguos grupos de música favoritos, reto que yo acepté alegremente.


Al principio de la noche me preocupé por mi hijo, pero tras la llamada de Nicolas asegurándome que se estaba divirtiendo, mi intranquilidad se calmó. Sin embargo, por unos instantes, al recordar la molesta mirada que me había dirigido Juan Alfonso, me inquieté al pensar que ese hombre podría llegar a averiguar la verdad sobre Nicolas.


Pero eso era imposible, ya que nadie sabía que Pedro y yo habíamos tenido algún tipo de relación.


Me divertí toda la noche viendo viejas películas románticas con algunas de las antiguas amigas del instituto a las que había olvidado y que Eliana no pudo evitar invitar. Esa alocada noche recordamos viejos cotilleos de la adolescencia, preguntándonos si alguna de las parejas que se marcharon de Whiterlande habrían perdurado.


Cuando Alan, el marido de Eliana, se fue para alejarse lo más rápidamente posible de nosotras y nuestros cotilleos, con la vana excusa de una «noche de chicos», al fin pudimos dar rienda suelta a todo lo que habíamos querido hacer desde el principio: nos aplicamos esas máscaras faciales que venían en las revistas de belleza, todas blancas y pegajosas, cuya mezcla hacía que nuestros rostros pareciesen un merengue gigante; nos pusimos también una mascarilla en los cabellos, tras lo que nos colocamos esos rulos enormes para que a la mañana siguiente lucieran un gran volumen y un brillo natural, y, para acabar, nos hicimos mutuamente la manicura y la pedicura.


Todo un perfecto tratamiento de belleza que, sin duda, daría su resultado al día siguiente. Así, cuando volviera a encontrarme con Pedro después de tanto tiempo, él apenas me reconocería. O eso, al menos, fue lo que pensé.


La fiesta se hallaba en pleno apogeo cuando, a las cuatro y media de la madrugada, la señora Alfonso llamó a su hija a casa, y, a continuación, una enfurecida Eliana salió murmurando más de una maldición hacia cierto salvaje mientras me dejaba a mí al cargo. Pero, como yo nunca había tenido las dotes de mando que tenía Eliana, nadie me hizo caso cuando quise que la fiesta cesara y descansáramos un poco.


Una por una, las demás mujeres ignoraron mis órdenes y muy pronto volvieron a poner en marcha la diversión hasta altas horas de la madrugada. El resultado de nuestra locura: seis mujeres y una niña desparramadas por el salón entre palomitas de maíz, envoltorios de chocolatinas y latas de refresco vacías.


A la mañana siguiente me desperté por el sonido del timbre y me levanté un tanto desorientada del duro sofá donde dormía sola. Al parecer, mis compañeras habían conseguido levantarse antes que yo.


Cuando me toqué el rostro me di cuenta de que todavía llevaba aquella horrenda mascarilla y, para empeorar la situación, se había mezclado con restos de palomitas.


Seguía luciendo los gigantescos rulos en los cabellos y, para mi desgracia, algún envoltorio de chocolatina se me había enredado en el pelo. 


Lo único que al parecer había sido un éxito total había sido la manicura y la pedicura, aunque en los pies todavía llevaba puestos los típicos separadores de dedos que hacen imposible caminar como una persona normal.


Me senté en el sofá dispuesta a quitarme los separadores de mis pies cuando oí que alguien entraba en la habitación. Creyendo que era mi amiga, le pregunté despreocupadamente cuándo vendría Nicolas, y, al no recibir respuesta alguna, alcé el rostro para encontrarme cara a cara frente al hombre al que menos quería ver en esos momentos. Eso sí, tal y como yo había apuntado en mi carta de venganza, Pedro estaba boquiabierto ante mí y apenas me reconoció…


—¿Paula? ¿En serio eres tú? —me preguntó, todavía asombrado por mi lamentable aspecto.


En ese momento quise ocultar la cabeza bajo tierra, así que hice lo más razonable: salí corriendo hacia la habitación de invitados. Para mi desgracia, tropecé con las latas vacías que había dispersas por todo el salón y caí de una forma lamentable al suelo, consiguiendo que en el proceso la parte posterior de la camiseta que llevaba se alzara y mostrara mi bonita ropa interior. Mientras me levantaba, oí las sarcásticas palabras de ese hombre que siempre me atormentaba.


—Sí, sin duda eres tú… Aún recuerdo una preciosa ropa interior de encaje rosa muy similar a ésa —comentó Pedro escandalosamente, haciendo que me preguntara cómo era posible que recordara esos detalles de nuestro pasado si yo no había significado nada para él.


No obstante, la verdad es que no me detuve mucho a pensar en ello, ya que solamente quería alejar mi penoso aspecto de él lo más rápidamente posible.


Mientras subía la escalera lamenté no haberle dado su debida contestación a ese canalla, pero sonreí cuando oí a mi hijo aleccionándolo:
—¡No se mira la ropa interior de las niñas!


Y, seguidamente, oí cómo se quejaba Pedro, algo dolorido. Sin duda, mi hijo había hecho caso de los rudos consejos de mis hermanos y había terminado acompañando su comentario con un puntapié.


—Bueno, puede que, después de todo, no sean unas niñeras tan malas —murmuré contenta pensando en mis hermanos mientras entraba en el baño con una sonrisa, ya que mi hijo había hecho lo que yo había deseado hacer durante años: darle una lección a ese hombre para que no jugara nunca más conmigo.


Quién sabe: tal vez en esa ocasión lo conseguiría…






CAPITULO 57




Juan miraba desde la puerta de la cocina al más idiota de sus hijos, que en esta ocasión no podía decir que fuese Daniel. Había creído que, en cuanto Pedro viera a Nicolas, se daría cuenta de lo que todos sabían ya cada vez que observaban al pequeño. ¡Pero no! Él tenía que ser estúpidamente ciego al hecho de que ese niño era su hijo.


Lo más lógico habría sido que, en cuanto Pedro hubiera visto esos ojos, esa cara y esos cabellos tan parecidos a los suyos y, sobre todo, ese impertinente temperamento tan similar, se preguntara, y se diese cuenta, de dónde los había sacado el pequeño.


Pero el hijo mayor de Juan, que en ocasiones presumía de ser muy inteligente en algunos aspectos, podía llegar a ser bastante bobo en otros.


Juan estaba bastante molesto con el resultado porque así no había manera de volver a juntar a esa pareja, o de que su hijo le revelara a Nicolas quién era su padre. Y él, mientras tanto, no podía hacer nada, ya que Sara le había prohibido expresamente que abriera la boca, con la amenaza de ser desterrado perpetuamente a ese duro sofá que le molía la espalda si se atrevía a llevarle la contraria, por lo que tenía que guardar silencio.


Pero, aunque no pudiera decir nada, estaba más que decidido a ayudar a su nieto a descubrir quién era su padre, así que iría dejando sutiles respuestas a las preguntas de ese niño, cruzando los dedos para que su mujer no lo descubriera en el proceso y le dirigiera una de sus frías y reprobadoras miradas de advertencia.


Por lo que había averiguado, su inteligente nieto poseía una lista con algunas características de su padre, y nada más ver a esos alocados personajes que eran sus dos hijos y su yerno, Nicolas había decidido que su padre era uno de esos tres. Así que, ni corto ni perezoso, el pequeño había comenzado a acosar a Juan con preguntas ante las que él había tenido que morderse la lengua en más de una ocasión.


Tras ver que no sacaría nada en claro, Nicolas había cogido unos extraños test escondidos entre las páginas de uno de los libros de historia que había traído consigo a espaldas de su madre, y había logrado que los tres le prestaran atención a pesar de la resaca.


Juan esperó, confiando en que Pedro se fijaría en Nicolas en algún momento y vería el gran parecido que guardaba con él. Pero ni siquiera cuando el chiquillo le reveló quién era su madre, Pedro dio muestra alguna de que sospechara quién era el padre. Juan se sintió muy tentado de gritarle a su hijo lo tonto que era, pero como su mujer pasó junto a él en ese momento, simplemente se mordió la lengua y, una vez más, se mantuvo en silencio.


Cuando su nieto pasó por su lado revisando sus papeles una y otra vez, bastante preocupado por el resultado de sus preguntas, Juan no pudo evitar decirle:
—¿Te ha dicho tu madre alguna vez que, aunque tu padre es muy listo, en ocasiones
puede llegar a ser bastante tonto?


—No, ella no. Pero mis tíos, sí… No se preocupe, lo he tenido en cuenta —dijo Nicolas, alzando sus papeles—. Aunque en estos instantes no estoy muy contento con los resultados. Creo que tengo que investigar más —anunció mirando un tanto inquieto hacia la mesa donde aquellos tres personajes hacían el payaso con sus habituales bromas—. Voy a recoger mis cosas. La señora Alfonso me ha dicho que alguien me llevará con mamá.


Y, mientras Nicolas se alejaba, Pedro se acercó a su padre.


—Mamá me ha ordenado que lleve a ese mocoso a casa de mi hermana mientras me lanzaba una de sus miradas asesinas, ¿sabes lo que le pasa?


—Sin duda se lamenta de tener un hijo tan idiota —declaró Juan, taladrándolo con la mirada.


—En serio, no sé qué os ocurre hoy a todos… Mejor me marcho antes de que me peguéis vuestra locura. Después de todo, la casa de Eliana siempre ha sido muy tranquila.


CAPITULO 56




Unas horas más tarde, me levanté con la mayor resaca de mi vida. Por suerte, ese día libraba y no tendría que ir a la clínica. Cuando me arrastré hacia la mesa de la cocina, donde solía desayunar con mi familia, vi a mis dos compinches de la noche anterior, aún más hechos polvo que yo. No hace falta decir que me alegré bastante, ya que todo lo sucedido esa noche se debía a su fantástica colaboración.



Observé que tanto Alan como Daniel se encontraban atareados rellenando unos extraños papeles que miraban con los ojos entornados y, en más de una ocasión, mientras movían sus lápices, se llevaban las manos a la cabeza como si lo que estuvieran haciendo fuera una tortura para ellos.


Mientras me acercaba, me sorprendí bastante al ver a un mocoso que debía de ser más o menos un año mayor que mi sobrina Helena, sentado junto a Daniel y Alan. Sus rubios cabellos revueltos y sus ojos azules le daban la apariencia de un niño bueno, hasta que uno se aproximaba y se percataba de que era un niño muy impertinente, un tanto curioso y muy, pero que muy repelente.


—Os recuerdo que solamente tenéis cinco minutos —dijo el chiquillo dirigiéndose a Daniel y a Alan.


—¡Sí, sí! ¡Ésta me la sé: es este cuadrito, sin duda! —declaró Daniel mientras marcaba felizmente su respuesta en el papel.


—¡Ah, y ésta la sé yo! —exclamó Alan con alegría—. ¡La pregunta número cinco no tiene respuesta alguna!


—No, señor Taylor: todas las preguntas tienen respuesta —replicó el chico.


—Ya te he dicho que me llames Alan, chaval. Pero, Nicolas, dime, ¿estás seguro de que nosotros somos los más indicados para ayudarte con este trabajo de clase?


—Sí, sin duda ustedes son las personas apropiadas para ayudarme —contestó el niño, colocándose las gafas en su lugar con un gesto impertinente y mirando taimadamente a sus sujetos de experimento.


—¿Se puede saber que coj…? Estooo, ¿qué estáis haciendo? —corregí acertadamente, recordándome a mí mismo que había un niño cerca. A pesar de ello, el mocoso se atrevió a reprenderme con la mirada.


Luego me dirigí hacia mi amigo Alan y le arrebaté el papel para echarle una ojeada a ese trabajo de clase. Tras sólo un segundo confirmé que el crío era más retorcido de lo que pensaba.


—Chaval, esta prueba no te servirá de mucho: si le haces un test de inteligencia a un hombre con resaca recibirás la misma respuesta que si se lo haces a una piedra, o sea, ninguna de utilidad. Aunque creo que la piedra te serviría de algo, al menos como pisapapeles, no como estos dos sujetos… —declaré devolviéndole el test a Alan, quien no dejaba de tratar de apoderarse de él empecinadamente.


—¡Al fin os demostraré que soy más listo que vosotros! —exclamó éste triunfante, concentrándose en su examen.


—En serio, chaval, ya te digo yo los resultados… Éste es tan tonto que corre detrás de los coches aparcados —dije señalando a mi hermano Daniel—. Y éste, sin duda, tiene sus células cerebrales en la lista de especies en extinción —terminé sentándome junto a mi amigo y mi hermano para ver si eran capaces de finalizar el test en cinco minutos.


—¡Pues si tú eres tan listo, ¿por qué no lo haces también?! —exclamó mi hermano Daniel molesto, intentando ocultarme sus respuestas, algo totalmente innecesario.


—Es que no quiero robaros protagonismo —dije maliciosamente cruzándome de brazos.


—¡Nicolas! Entrégale uno de esos exámenes a Pedro… Seguramente él también debería hacerlo… —opinó Alan, consiguiendo finalmente que el mocoso colocara uno de los papeles delante de mí mientras me retaba con su insolente mirada.


A continuación, miré el reloj con la idea de darles tiempo a mis compañeros de fatigas para que terminaran sus pruebas, y en cuanto las hubieron entregado, le di la vuelta a la mía y en tan sólo treinta segundos la hice. Daniel y Alan me fulminaron con la mirada y, expectantes, aguardaron una respuesta que yo ya sabía.


—Bueno, ¿quién es el más listo de los tres? —preguntó Alan al crío, que observaba los resultados un tanto molesto.


—¿Se lo dices tú o se lo digo yo, chaval? —intervine arrogantemente, ganándome tres miradas cargadas de reproche.


—¡No me llamo chaval: me llamo Nicolas! —replicó altaneramente el niño para luego pasar a dar el resultado—: Pedro Alfonso, con ciento cincuenta y cuatro puntos, es el que tiene un mayor cociente intelectual de los tres —anunció finalmente el mocoso.


Para rebajar sus humos, presumí un poco ante él:
—Seguro que no tienes el privilegio de conocer a una persona más lista que yo, chaval… Aprovecha la oportunidad y pregúntame lo que quieras.


—No hace falta, señor Alfonso. Ya conozco a una persona con un cociente intelectual de ciento cincuenta y cinco puntos que responde a todas mis preguntas, y ésa es mi mamá…


Y, tras esa respuesta, al fin me interesó saber qué hacía ese niño en casa de mis padres y quién sería esa inteligente mujer a la que él llamaba mamá, porque la única mujer que conocía más inteligente que yo mismo era aquella que siempre huía neciamente de mi lado.


—¿Cómo se llama tu madre? —pregunté, temeroso de oír su respuesta.


—Paula —anunció el crío, arruinando todas mis esperanzas de que ella no me hubiera olvidado.


Increíblemente, tras verme un tanto cabizbajo al recibir esa respuesta, el niño se acercó a mí e intentó animarme.


—No se preocupe, señor: si no sabe algo, siempre puede preguntárselo a mi mamá —dijo palmeando tranquilizadoramente mi mano.


—No creo que se quede mucho tiempo como para responder a todas mis preguntas —repliqué, recordando lo rápido que ella huía de mí.


—No se preocupe, también puede preguntarme a mí: mi cociente es de ciento sesenta y dos—se jactó el mocoso poco antes de irse.


Cuando miré su rostro mientras se alejaba, vi en él una ladina sonrisa que en vano trataba de disimular, y en ese preciso momento supe que ese chaval, sin ningún género de dudas, me estaba vacilando. Cosa que me confirmaron las carcajadas de mi amigo


Alan y de mi hermano Daniel, que tenían un ataque de risa a mi costa.


—Qué mal gusto tienes con los hombres, Paula… —murmuré mientras me preguntaba cómo sería el padre de ese mocoso tan impertinente que acababa de burlarse de mí.